jueves, 13 de octubre de 2011

Presentación de mi Antología de Cuentos: "No me dejes morir"


“EL DOLOR QUE EXPERIMENTA UNA ROSA AL SER CORTADA, SÓLO PUEDE SER CONSOLADO CON EL CARIÑO DE QUIEN LA CORTÓ”

Pero a veces no es posible. Se corta una rosa para lucirla en un florero; porque es hermosa y la queremos sólo para nosotros o porque necesitamos llenar algún espacio vacío d nuestra casa. Creo q le llamaríamos loco a quien corta una rosa para estarla besuqueando, acariciando o dormirse con ella.

Por supuesto q la frase va mucho más allá. Se refiere al hecho d conocer a un alguien especial q llene tus momentos y sin el cual, después, no puedes vivir tranquilo. Se refiere a un alguien q, d pronto, llena tus días, tus horas, tus minutos, tus segundos… y del q esperas una llamada, un detalle, alguna palabra q t despierte la felicidad dormida durante su ausencia y con la q t prometa la dicha d un nuevo encuentro.

Los q nos dedicamos al arte, a escribir en particular, somos los seres más afortunados del universo. Reímos como todos; sufrimos como todos; amamos y odiamos como todos… con la pequeña diferencia d q podemos expresarlo con letras en un engañoso desahogo. Quien lee, tiene la oportunidad d sentirse acompañado por otra persona q experimenta sus mismos sentimientos. Quien escribe, tiene el poder d inventar q es otro el personaje q experimenta, aunque muchas veces sean sus propias sonrisas o sus propias lágrimas las q estén plasmadas en cada letra.

Ese fue el truco maravilloso q descubrí hace 26 años: el poder d compartir con los signos plasmados en un papel, cada sonrisa o cada lágrima, sin q el lector sepa a ciencia cierta cuánta arruga hubo o cuánta gota agria. El poder d decir: “T amo”, “T odio”, “T admiro”, “T quiero”, “T deseo…” al personaje q despierta el sentimiento, sin decírselo realmente, pero con la satisfacción d no habérmelo quedado guardado.

“No me dejes morir”, es el caso. En su superficie celebra 26 años d letras porque incluye textos escritos desde 1985 hasta la fecha, pero en su interior se guarda todo aquello q quise decirle al ser amado desde el día q inicié con la espera d su llegada, pasando por el momento en q nuestros ojos se encontraron… y hasta el día en q me di cuenta q sus sueños no me incluían en su alforja.

Fue hasta entonces cuando la antología inició la labor sublime d convertirse en compañía. La labor sublime d provocar sonrisas, lágrimas, esparcimiento, identificación… Más aún, en la súplica del escritor para el lector d q, con sus recuerdos, no lo dejen morir. Y es q nadie muere en realidad cuando tiene el privilegio d ser recordado; nadie muere en realidad cuando tiene el privilegio d llenarse d amigos por haberles compartido sus sentimientos; nadie muere en realidad cuando toma los talentos q Dios puso entre sus manos y los usa para darles a los q tiene enfrente algo q les pueda servir para sus vidas.

Aunque parezca árbol, soy una rosa. Desde el día q expuse mi primer trabajo me sentí cortado por el público… no tendré nunca en mis manos algo tan grande como para pagarle a ese público todo el cariño, el ánimo y las ganas d seguir trabajando, q me han permitido cosechar.

lunes, 15 de agosto de 2011

Aún me miras como ayer






Era una noche de frío en invierno;
el viento soplaba, caía el sereno.
Sentado en el pasto sólo en ti pensaba,
mientras que la luna en lo alto brillaba
y, en medio de ella, tu rostro miraba.

Sentí en el alma una dulce alegría,
al ver tu mirada prendida en la mía;
tu rostro de seda y cabellos de plata,
tu piel de canela y tus labios de escarcha,
tus ojos de aurora que tanto me amaban.

Pensé en otros días en los que aquí estabas,
tú eras la luz con que caminaba.
Tu dulce sonrisa y tu alegre mirada
eran los baluartes con que yo vivía
y le daban vida a lo que fue mi vida.

Un día lluvioso, también en invierno,
te fuiste tranquila, cual pájaro en vuelo,
dejando tu nido ardiendo en el fuego
de una cruel desdicha y de soledad,
matando contigo mi vida mortal.

Hoy miro la luna y en ella te veo,
estás aún sonriente diciendo: ¡Te quiero!
Y ansío en mi alma volar hacia el cielo,
llegar a esa luna que veo a lo lejos
no importa si vivo... no importa si muerto.

6 de Marzo de 1991.

martes, 26 de julio de 2011

Un escrito en servilleta


Tengo las manos llenas
de inquietudes pequeñas
que quiero hacer grandes… ¡Contigo!

Tengo un sol para tus días.
Una luna para iluminar cada una de tus noches.
Un arcoiris con rayos multicolores
para embellecer cualquier tormenta.

Si esto te basta… ¡Tómalo!
Nada a cambio te voy a pedir;
sólo que me dejes amarte
aunque tú… no me ames a mí.

lunes, 20 de junio de 2011

Mientras tomamos café


¡Qué cosas tan extrañas tiene el destino en sus alforjas! Cosas extrañas q Dios hizo bolita un día y las metió, muy apretujadas, en el fondo del costal d la vida… para el momento indicado. Cosas extrañas y maravillosas q cuando tienes la fortuna d mirarlas, sentirlas y vivirlas, hacen q se te olviden todas las mentadas d madre q le tenías reservadas para el día o tarde o noche final.

Una madrugada salí del útero materno y era gay. No recuerdo ese asunto d “la elección” q tanto mientan los sicólogos… Simple y sencillamente ubico el momento d escuela en q los niños hablaban d verles los calzoncitos a las niñas, mientras yo quería ver a los niños sin calzoncitos.

Tampoco recuerdo el momento en el q mi moralidad se hizo tal q la fidelidad se convirtió en exigencia y el amor en ideal d eterno. Sólo sé q empecé a ser infeliz cuando me di cuenta q ese par d sueños eran sólo eso: sueños… Sueños q se hicieron pesadilla con cada nueva relación; ideales q se convirtieron en heridas con el paso d los años y amargaron mi esperanza q, finalmente, era lo único q me mantenía en pie. – Mañana llegará – me decía. Y mientras el mañana se me convertía en días, semanas, meses y años… yo me enamoraba d cuanto fulano decía compartir mis ideales, q en días, semanas o meses, le agregaba una herida más a mi alma.

Lo q sí recuerdo muy bien es el inculque dichoso d q el ser gay es malo; “antinaturo”; abominable; pecaminoso… ¡Bendita la hora en q la sociedad empezó a revertir ese proceso! Pero mientras tanto… ¿Y si tenían razón? ¿Y si Dios castigaba con soledad a quien era como yo? ¿Y si el amor no navegaba por el ancho río d lo “malo”, lo “antinaturo”, lo “abominable”, lo “pecaminoso”?

Yo quería ser feliz. Un amor real m haría ser feliz. Todo ese asunto d darse entero, d luchar por el otro, d caminar d la mano por la calle y por la vida, d mirar pelo negro y luego pelo cano, d mirar piel lisa y después con surcos… m haría feliz. ¡Y si el precio era un sexo distinto al mío, estaba dispuesto a pagarlo!

Decidí cortejar a una mujer. Tal vez a alguna d la oficina, a alguna d la iglesia, a alguna d mis compañeras d teatro… hacerla mi novia, después mi esposa… pero tenía mucho pánico d regarla desde el inicio. Fuera d mi madre y mi hermana, jamás había tenido a una mujer más cerca q lo q consiente la mesa d un restaurante. Y entonces se m ocurrió la idea d ir a esa calle siempre tan llena d “coches detiene tráficos”. ¡Pero no sería cualquier mujer! Tenía q ser bella ¡muy bella! Mi primera vez no la iba a desperdiciar con cualquier “baratija” extraña… ¡Y menos con el terrible temor q cargaba d “no funcionar” ante la falta d “3 cosas inferiores” y la sobra d “dos superiores”!

¡Oh, my gay! Caminar por ahí… Verlas venir y ofrecer… Ver una q otra “mole d carne con corona”, en exhibición impudora y desafiando gravedad y frío… D vez en momento hasta sentir una mano indiscreta tocando al “en profundo dormido…” ¡D a tiro preferí el infierno prometido a los homosexuales y decirle adiós al amor tan anhelado!

Pero entonces la vi en mi carrera d susto. Lejos. Casi puedo decir q escondida. Casi puedo decir q miedosa. Las locas se quedaron acosando al siguiente transeúnte y m permitieron aminorar el paso, d tal forma q pude contemplarla casi en todo su esplendor porque el farol q debía iluminarla estaba fundido. Si mis ojos no m mentían su pelo era muy negro, hasta los hombros; quiebres muy leves lo hacían parecer cascada sinuosa; leves tintes claros, d buen gusto, hacían como la luz d sol q podía faltarle. Una mirada tímida hacía mí m hizo verle unos ojos muy grandes, curiosos; nariz perfilada; boca mediana, con labios indescriptibles para mi sapiencia literaria pero q hicieron temblar los míos por una razón q desconozco, sobre todo cuando intentaron sonreír antes d ser apretujados por sus dientes muy blancos y perfectamente enfilados en su sitio. Pude ver su barbilla quebrada y un par d agujerillos en sus mejillas morenas, antes d q una d sus delgadas manos, con uñas ligeramente largas, las tapara con bochorno; un cuerpo también delgado, juré q macizo, sin ejercicio, sostenido por unas piernas a la vista duras y unos pies medianos, calzados con tacones bajos. Sus pechos, pequeños, apenas levantaban ese vestido negro entallado, q remataba a la altura media d sus muslos, libres d medias raras.

Ni cuenta m había dado q estaba detenido. Y tal vez tenía cara d estúpido porque ella sonrió al fin sin empacho y bajando las dos manos hacia su bolso. ¿Tenía q ir hacia ella o ella hacia mí? No lo supe porque m empecé a acercar y ella hizo lo mismo. ¿Tenía q decir algo o ella a mí? Tampoco lo supe porque nos tendimos la mano y dije: “Luis” al mismo tiempo q ella dijo: “Gabriela”. Sonreímos primero y ambos nos tapamos la boca con una mano, mientras la otra se acomodaba en la axila contraria. Y hacer tanta cosa al mismo tiempo (y, por lo visto, con los mismos nervios), nos hizo soltar una carcajada liberadora q a ella la hizo apoyarse en mí por primera vez.

Un rato después estábamos en su departamento. Yo había escuchado q “aquello” se hacía en un hotel, en el coche, debajo d algún otro d los muchos faroles fundidos q hay en la ciudad d México… ¡pero en su departamento! Como todo m era nuevo no m rehusé a la invitación, posterior a la carcajada; m encaminé con ella del brazo y conocí su voz suave mientras m platicaba q era del estado d Veracruz pero q llevaba viviendo en el DF cerca d 15 años. Orizaba era su lugar natal. Había subido al Pico muchas veces porque le gustaba la naturaleza húmeda… y la niebla… y el olor a tierra mojada… Como todo m era nuevo no m permití preguntar, en el transcurso d esas 6 cuadras, si esa era la plática normal y antecesora d un encuentro sexual. Ya adentro del departamento m invitó a sentar en su sala mientras ella se dirigía a la cocina diciéndome q pondría café. Como todo m era nuevo le dije q estaba bien; aunque mis labios apetecían más un tequila o una cerveza q, entiendo, eran más apropiados para el objetivo.

- Orizaba se caracteriza por la cerveza ¿no? – comenté insinuante.

- También hay mucho café – contestó, aún sin salir d la cocina -. ¡M gusta mucho! Podría decir q soy fanática… ¿t cuento? – No esperó mi respuesta -. En Coatepec, Córdova, Los Tuxtlas, Papantla… se cultiva mucho café. ¡Mucho! El café veracruzano es d la especie “arábiga” y hay cualquier cantidad d variedades. Podría decir q las he probado todas, pero no quiero oírme mal. Al menos no el primer día.

Salió por fin, con dos tazas q evacuaban un humo muy oloroso.

- Este es d la variedad “arábiga típica”. Cada q vengas t daré una distinta hasta q las pruebes todas -. M dio mi taza y después se sentó enfrente d mí con la suya, dejando q la mesa d centro nos separara.

Como todo m era nuevo tuve la duda, pero no quise preguntar si ese asunto del: “cada vez q vengas”, era con todos los clientes o sólo conmigo. Además no hubiera encontrado la oportunidad porque se puso a hablar y a hablar y a hablar d las maravillas d su tierra, sólo deteniéndose cuando sorbía d su taza. ¡Qué caray! Tampoco tenía ganas d interrumpirla porque, por primera vez en la vida, estaba extasiado mirando a una mujer. La chiquilla tímida q viera en la calle se m había transformado en una ágil y orgullosa platicadora, sin q perdiera el halo d inocencia e ingenuidad q vertía d cada uno d sus poros. Lo bonita q se m hizo en la penumbra se confirmó ahora con las luces dirigidas, q iluminaban su pequeño pero muy limpio y arreglado departamento.

Tal vez pasó una hora, o dos. D lo q sí me acuerdo es q fueron 3 tazas d café para cada uno. Por fin cerró sus labios y bajó la vista, tal vez adivinando q ya era el momento d hablar d “negocios”.

- Sé q no m vas a creer – dijo y después hizo una pausa. Creo q la consideró larga porque levantó la vista intentando hablar un par d veces, pero no articuló palabra. Finalmente, sin levantar la mirada, pudo hablar muy quedamente – Soy virgen.

Como todo m era nuevo imaginé q era una estrategia para cobrar más. Como todo m era nuevo imaginé q me costaría mucho trabajo comprobarlo porque no había tenido “cabida en esos rubros”. Lo q sí no me era nuevo era escucharlo porque a muchos gays les da por decir eso cuando tienen enfrente a alguien q realmente les interesa.

- Espero q no t moleste – continuó -, pero la verdad es q no quiero tener sexo. Salí y m paré en la calle porque estaba dispuesta… pero ahorita ya no. Preferiría seguirte viendo y platicar… y conocernos… y dejar q todo ocurra poco a poco… -. Levantó por fin la vista y le leí en la mirada q quería leer la mía. Cuando sonrió m di cuenta q había leído lo q yo necesitaba q leyera: ese “sí” q, d pronto, m inspiró su ternura.

¡Y hubo más noches d café! Una d la variedad Bourbon; otra d Caturra; otra d Garnica; otra d Mundo Novo… Y con cada nueva noche y con cada nueva especie empecé a enamorarme d ella. Nuestras tardes d cine, d teatro, d paseo por algún parque perdido, se convirtieron en una delicia porque sus ocurrencias y su mano, siempre prendida a mi mano, m hacían sentir realizado el sueño. M gustaba hablarle por las noches y comprobar q ahí estaba. M gustaba q m dijera lo q haría porque efectivamente eso hacía; parecía q su boca no conocía la mentira. Supe q su trabajo del diario era vender café… en restaurantes, cafeterías, tiendas… pero siempre tenía tiempo para mí, a cualquier hora… como para comprobarme q no había nada oculto… Pero sí lo había.

Una noche m dijo q empezaba a amarme… poco ratito después d q se lo dijera yo. Pero al terminar su confesión empezó a llorar y pude ver sus lágrimas cristalinas por primera vez.

- ¿Qué te pasa? – pregunté, mientras le levantaba su barbilla quebrada para poder ver sus ojos y tratar d mirar en ellos esa transparencia q siempre la acompañaba.

- Tengo q decirte algo. No he sido completamente honesta contigo. No sé por qué permití q llegáramos a este punto, pero… créeme q lo único q quería era ser feliz. He sido egoísta… Espero no lastimarte demasiado cuando hablemos, pero te lo tengo q decir.

- ¿Qué cosa?

- Por favor… esta noche no. Dame la oportunidad d decírtelo mañana porque hoy… Porque hoy quiero dar un paso más.

M le quedé mirando sin entender… Sólo atiné a limpiar el último par de lágrimas con mis dedos pulgares antes d q ella empezara a acariciar mi cabello suavemente ¡con tanta dulzura! Nos miramos mucho… como si quisiéramos grabarnos cada pedacito d la piel d nuestros rostros… Y, como la primera vez, en perfecta sincronía, nuestros cuerpos decidieron hacer lo mismo y al mismo tiempo; los labios indescriptibles para mi sapiencia literaria por fin se hicieron un escrito y m hicieron conocer por qué habían hecho temblar los míos en aquella primera noche: ¡eran los labios q siempre había buscado! ¡Los incapaces d mentir! ¡Los capaces d hacerme feliz cada día, cada tarde, cada noche… d cada semana, d cada mes, d cada año d mi vida!

No hubo más; sólo ese beso. Un beso muy largo q sólo fue acompañado por nuestro mecer d manos en cada uno d nuestros cabellos. Un beso con sabor a café q a cada minuto parecía cambiar d variedad pero q siempre se mantuvo caliente; un caliente ajeno al sexo porque sólo pude aspirar el aroma d un amor real q no necesitaba d más q d ese sólo beso; un beso q concluyó en el sofá, en el cual caímos sin separarnos, y q se convirtió en un jugar d manos, d dedos y d uñas, en completo silencio. Ella tenía un secreto… me incomodaba saberlo… pero no podía reprochar nada porque yo también tenía el mío: nunca le había dicho q era gay y q ella era mi primera relación con el sexo opuesto. Era verdad q m estaba enamorando d ella, pero eso no evitaba q en el metro, en el gimnasio, en el trabajo, en la calle… un buen cuerpo masculino m hiciera voltear y exclamar el: ¡oh, my gay! q siempre me provocaba la lujuria “mala”, “antinatura”, “abominable” y “pecaminosa”. La “tortilla” del destino se m había volteado y ahora el mentiroso, el infiel, el asesino del amor eterno era yo.

Las caricias d nuestras manos para nuestras manos se prolongó mucho tiempo; ni uno d los dos se atrevía a levantar la vista… Ella fue quien tomó la iniciativa y rompió el silencio, con esos labios q parecían temer hablar con tal d no dejar escapar el sabor del aliento d su amado.

- Mañana en la noche, después d nuestro café, t diré el único secreto q he tenido para ti, ¿está bien?

- Está bien.

M puse d pie y salí d ahí sabiendo q si ella abría el baúl d su alma por completo yo tendría q hacer lo mismo. Sería una noche terrible aquella; si su secreto no terminaba nuestra relación, seguramente el mío sí lo haría.

Por primera vez no le hablé al llegar a casa. Por primera vez no dormí tranquilo como desde la noche en q la conociera. Por primera vez no le hablé en el día siguiente ni salimos al cine o al teatro o a algún parque perdido… Sólo m esperé hasta las 8 d la noche y m presenté en su departamento. Cuando m abrió la puerta sólo di el paso necesario para entrar y m prendí d sus labios. Mi espalda sirvió para cerrar la puerta. Tal vez como todo m era nuevo mis manos no sabían más q acariciar sus cabellos… Entendí q no mintió al decirme q era virgen porque, como si todo le fuera nuevo, ella tampoco hacía otra cosa q acariciar los míos. Después d un rato la separé d mí, en contra d mi voluntad; no podíamos seguir perdiéndonos en nuestros aromas sin hablar antes, sin decirlo todo y q no hubiera nada q manchara eso q ya m sabía a eterno.

- Yo también tengo un secreto. Y no sé qué m vayas a decir pero no quiero q esto se acabe. Yo estoy dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal d no perderte, menos una mentira; y no quiero q haya mentiras entre tú yo.

Ella bajó el rostro. Se lo levanté delicadamente porque quería mirar sus ojos; leer en ellos q ella también estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa con tal d no perderme… y eso fue lo q leí.

- Te propongo algo – ofrecí - Prepara el café. Si adivino a qué variedad pertenece tú me dirás tu secreto primero. Si no lo adivino, yo t diré el mío ¿va?

Ella sonrió; pero su sonrisa m dio miedo. Parecía considerar su secreto tan terrible q estaba segura q todo acabaría esa noche. Mientras la veía caminar hacia la cocina yo también perdí mi sonrisa; el miedo ahora era porque estaba seguro q mi secreto haría q, efectivamente, todo se acabara esa noche.

M dio mi taza y después se sentó enfrente d mí con la suya, dejando q la mesa d centro nos separara. Bebí. Ella sólo m miraba. Sonreí; estaba seguro d saber la variedad: era la misma d la primera noche.

- “Arábiga típica” – externé.

Ni siquiera probó su café. Asentó su taza sobre la mesa y después se cubrió el rostro con las manos. Sólo esperó un momento y después levantó la vista y m miró fijamente. Sus labios temblaron. Sus ojos anunciaron lluvia.

- Perdóname Luis. Soy Gabriel, no Gabriela. Soy gay, pero siempre he andado con mujeres… Tenía ganas d sentir lo q era andar con un hombre pero nunca me había atrevido. Pensé q disfrazándome d mujer sería más fácil… ¡y mira nada más el lío en el q m metí!

¡Qué cosas tan extrañas tiene el destino en sus alforjas! Cosas extrañas q Dios hizo bolita un día y las metió, muy apretujadas, en el fondo del costal d la vida… para el momento indicado. Todo ese asunto d darse entero, d luchar por el otro, d caminar d la mano por la calle y por la vida, d mirar pelo negro y luego pelo cano, d mirar piel lisa y después con surcos… ¡ahora m hacen ser el hombre más feliz del universo!

14 de junio del 2008

viernes, 13 de mayo de 2011

Por si quisieras volar...


Si tu deseo es volar… primero camina, y aprende a escuchar consejos.

Siempre mira hacia adelante,
y sólo voltea hacia atrás
cuando necesites que algún recuerdo te impulse a continuar
o a evitarte caer de nuevo.
Perder no es acabar, es aprender a caminar con paso cierto.

A cada paso permanece atenta de la gente que va a tu lado;
tal vez alguna necesite de tu mano.
Así de amigos verás lleno el camino por recorrer,
y serán miles las manos de las que puedas asirte cuando peligres caer.

Que sean Dios, tus padres y hermanos
quienes te sirvan de faro por si quisieras volar;
la vida tiene corrientes, que aprenderás a sortear sólo si tienes su ejemplo
y un nido al cual regresar en el momento más duro.
Serán su cariño y su apoyo ese lugar más seguro en que podrás descansar.

Procura dejar siempre huella de cada paso en tu vida;
sólo se es inmortal cuando el recuerdo no muere.
Y se gana a quien se quiere sólo hablando con verdad,
pues no se puede volar cuando pesa una mentira.

Y ya con Dios en la frente,
la vida asida a tus manos,
de amigos llenos los brazos,
te dará risa la muerte.
Con sueños alimentados por realidades palpables,
sabrás que luchando se alcanzan,
y que no existe la suerte.

Y si ya te sientes lista para empezar a volar,
procura hacerlo hacia arriba;
seguro lo lograrás si antes de partir no olvidas,
el equipaje valioso del aprender cada día.

Por si quisieras volar...

20 de junio de 2003
15 años de una amiga.

miércoles, 27 de abril de 2011

Es la espera


Primero lloré por no conocerte.
Parece que me miro hincado en la azotea,
con el gemido guardado en mi mano
pegada al pecho.
Mis ojos mirando al cielo,
como quien espera una estrella fugaz
para pedirle un deseo en su paso veloz.


Después lloré de alegría,
cuando vi la estrella pasar
y tus ojos reflejados en ella;
cuando sentí tu cuerpo moviéndose al compás
del término de esa larga espera;
cuando me permití soñar
que había llegado el final de las noches invernales
y que el sudor de la pasión llenaría de calor
el cuarto obscuro y frío donde mi corazón dormía.

Estoy llorando otra vez.
Ahora porque no estás.
Y es que mi estrella fugaz, en su carrera veloz,
sólo escuchó la mitad de mi súplica de amor.
Desapareció su luz
y ya no me oyó balbucear
que, además de conocerte
y disfrutarte realmente,
tú me amaras como yo.

Hoy arriba, en la azotea,
con la mano en mi pecho
y el gemido entre mis dedos
apretando,
espero su paso veloz para pedir tu regreso
y seguirte disfrutando
aunque la otra mitad
se apague en la eternidad
de mi seguir esperando.

20 de julio del 2000

jueves, 31 de marzo de 2011

Izamal


Mi corazón palpitaba, cada vez con más fuerza, mientras el camión devoraba el camino q me acercaba a mi pequeña ciudad natal. Mis cabellos eran tironeados por el viento mientras mis ojos, semicerrados, trataban d encontrar entre los árboles la inmensa fortaleza amarilla, casa d la siempre amada Virgen Santa María, y del pueblo izamaleño. Al fin apareció; al fin, después d un año d ausencia, podía mirar d nuevo el campanario en donde, por las noches, los ángeles cantan “Completas” mientras el pueblo duerme.

Llegó el camión. Con la maleta en mano atravesé el parque “5 d Mayo”, sin dejar d apreciar la belleza y colonialidad d mi pueblo amado.

El exconvento se alzaba majestuoso; a sus pies continuaba aún el paradero d los “Coches Victoria”; el mercado dejaba correr por sus portales la música y el diálogo jovial d los comerciantes con sus clientes. En la cancha del Palacio Municipal, los jóvenes jugaban basket, preocupados tan sólo por meter canasta, mientras q en las calles circulaban infinidad d bicicletas y uno q otro despistado coche.

Continué mi camino sintiendo q Izamal, cual fiel amigo, me abría sus brazos para recibirme d nuevo con su humilde, pero hermoso, atuendo blanco y amarillo.

Después d la alegría y los abrazos d bienvenida, después d respirar el aire puro d la tarde, ya cuando la noche con su manto cubría el pueblo extrañado y reinaba el silencio propio d una madrugada tranquila, a la luz d mi lámpara escribí, como un novio a su amada, unos versos q salieron d lo más profundo d un corazón no poeta; versos q después oculté apenado, temiendo q alguien leyera lo allí plasmado por mano temblorosa pero enamorada, del pueblo q viera mi primer sonrisa y mi primera lágrima.

Sin embargo, antes d q el sueño viniera a habitar en mí plenamente, pensé q lo importante no es lo hermoso o rebuscado d las palabras con q se exprese el amor sino, precisamente, el amor con q esas palabras se expresen; cierto es q un poeta embellece lo q dice, más no siempre es el corazón quien actúa; en cambio cuando va el alma escondida en las palabras, hasta un simple: Te quiero, suena cual cascada en un bosque siempre verde.

¿Cómo no elevar mi alabanza al cielo?
¿Cómo no llorar cuando de ti parto?
Eres, mi Izamal, el más hermoso suelo
que de todo el orbe, mis plantas han pisado.

Si Nervo un día hubiera mirado lo que miro:
tu bello atardecer, tu noche clara y fresca,
no hubiera abandonado la tierra en que vivimos,
sin elevar solemne, a ti, el mejor poema.

Yo no soy poeta, pero quiero un canto
para ti entonar, que eres cuna mía;
eres fiel amiga, eres el descanso
que escogió por casa la Virgen María.

Tienes en tus siglos escondida historia,
guardada celosa por firmes guerreros;
son lanzas sus plantas, penachos de gloria,
hoy casas de aves, ayer grandes templos.

Y al dormir tranquila en tus noches frescas,
los ángeles cantan sobre tu convento;
pedazo de cielo que tiene la tierra,
pedazo de tierra, que quisiera el cielo.

18 de Diciembre de 1991

domingo, 13 de marzo de 2011

Viudo de Clo


Cuento publicado en "Parafilias", antología de cuentos con varios autores. Café Literario Editores, 2009.




Valerio era hijo del descuido d su prostituta madre. Su padre podía ser cualquiera d los muchos jóvenes calenturientos, señores hartos d sus esposas o simples aventureros, q acudían a aquella granja d las afueras del pueblo. A sus escasos 12 años, entrados a los 13, ya se había acostumbrado a deambular por el patio después d limpiar la porqueriza, regar el maizal y dar d comer a los patos, los puercos, los pavos y las gallinas.

Esa tarde en particular quiso descansar en su hamaca, pero su madre lo corrió a escobazos pues esperaba al mismísimo presidente municipal con todo y guaruras. Se lo dijo sin empacho.

El niño se fue a su piedra favorita del fondo del patio y se sentó a no hacer nada. Desde ahí escuchó un par d coches q llegaban y luego risas provenientes d varias bocas masculinas. Ni siquiera volteó; mejor se concentró en ver cómo una gallina muy negra, a la q llamaba “Pinche Clo”, sacaba d la tierra un enorme gusano.

Odiaba a esa gallina porque pensaba q se parecía mucho a su madre. Mientras todas las demás se acurrucaban en sus nidos para poner sus huevos, fecundados o no, ella siempre los dejaba caer al suelo sin siquiera detener lo q estuviera haciendo. Esa tarde era el caso. El niño vio cómo se abría lentamente la cloaca d “Pinche Clo”, mientras ella continuaba estirando al gusano q se negaba a abandonar su agujero.

No lo pensó demasiado y se apostó detrás d ella; en cuanto vio q el huevo salía lo empujó con un dedo y se lo volvió a meter. “Pinche Clo” cacaraqueó espantada y soltó al gusano, q aprovechó el relajo y se escabulló a la parte más profunda d su agujero.

El espanto d “Pinche Clo” pronto se pasó y volteó hacia el muchacho. Sus pequeños ojos dejaron escapar una mezcla d enojo con interrogación y después regresó a su labor; escarbó un poco más y volvió a dar con el gusano. Valerio no se había retirado y pudo ver cómo el huevo iniciaba d nuevo su trayectoria hacia el exterior. No lo logró. Con su dedo volvió a empujar el huevo y el escándalo d la posible próxima futura mala madre se dejó escuchar. El gusano volvió a escapar; “Pinche Clo” ahora sólo vio al niño d reojo; y Valerio… se levantó asustado. Estaba experimentando algo q nunca había sentido. Su pequeño pene estaba erecto y lo sentía muy caliente. “Pinche Clo” ya no escarbó; continuó mirando d reojo al muchacho y aún dándole la cola. Se tomó un poco d tiempo y después intentó sacar d nuevo el huevo. Con un rápido movimiento el niño volvió a metérselo y ya no pudo más… Sintió cómo su pene palpitaba agresivamente y expulsaba un interminable líquido q le dejó el short muy mojado. Se tiró al piso y rodó; juntó sus rodillas con su vientre porque la sensación q sentía le resultaba insoportable. “Pinche Clo” aprovechó y dejó salir el huevo. Mientras se retorcía, Valerio juraba q en los ojos del ave veía algo así como satisfacción.

Se convirtió en historia d todas las tardes, aunque Valerio ya no rodaba por el piso. Con el dedo d una d sus manos metía el huevo d “Pinche Clo” y con la otra se acariciaba, ansioso, el pene. “Pinche Clo” ahora sólo era “Clo” y ya no hacía escándalo ni se entretenía con ningún gusano; se dejaba, muy mansa, meter el huevo una y otra vez, y sólo lo expulsaba cuando notaba q Valerio se ponía muy rojo y mojaba la tierra con un líquido muy blanco. Después el muchacho caminaba por el patio y “Clo” hacía lo mismo, a su lado. A veces le platicaba sus sueños y aspiraciones, y juraba q no sólo lo escuchaba sino q hasta le daba consejos con su mirada y uno q otro cacaraqueo.

Cuando Valerio tenía 17 años, entrados a los 18, la gallina murió. Fue la mañana más triste d su vida. Nunca supo lo q pasó; simplemente llegó al gallinero a desearle buen día, como lo hacía a diario, y la encontró tendida en el piso con los ojos cerrados. La tomó entre sus manos, la abrazó… y lloró, lloró y lloró hasta muy entrada la tarde. Su amiga, su compañera d soledad… ¡su amante…! se había ido para siempre. La enterró ahí en el patio, muy cerca d su piedra favorita, justo en ese espacio terregoso q había sido, día con día, su lecho matrimonial.

La extrañó semanas enteras… meses enteros… y soñaba con ella casi cada 15 días. Esas mañanas siempre se levantaba con los shorts bien mojados.

Cuando cumplió 19 Valerio se percató q era virgen. No había pensado en ello porque “Clo” mantuvo ocupada su sexualidad desde el inicio hasta esa fecha. Entrados a los 20 el muchacho empezó a preocuparse porque ninguna mujer le despertaba pasión alguna y entonces decidió buscarse una prostituta en el pueblo vecino. En su pueblo no podía… ¡ni modo d cogerse a su mamá!

Solicitó la q consideró más bonita y se metió con ella al cuarto… pero por más q la mujer le tocaba, le relamía y le chupaba al q ya no era su pequeño pene, no consiguió una erección. Mejor se levantó d la hamaca y comenzó a vestirse, mientras se disculpaba infinidad d veces.

Sentado en su piedra favorita, después d limpiar la porqueriza, regar el maizal y dar d comer a los patos, los puercos, los pavos y las gallinas, Valerio le platicó a “Clo” d su problema. ¡Hasta le confesó q había intentado hacerlo con otras pero o lo picoteaban o simplemente nunca se levantaban d su nidal! Y lloró, lloró y lloró esa tarde… y algunas más… pensando q sería por siempre sólo el viudo d “Clo”.

* * * * * * * *

Mientras me lo contaba tristemente en el “Viena”, al calor d ya varias cervezas, y después d haberme abordado sin empacho sentándose en mi mesa, así seguía siendo. Su prostituta madre se murió cuando el tenía 22 años, entrados a los 23. Vendió patos, puercos, pavos, gallinas y la granja completa, para venir a vivir a la ciudad d México, porque había oído q aquí en la capital se hacía cualquier barbaridad.

D hecho lo había hecho… Primero con prostitutas y después con compañeras d la empresa en donde trabajaba como vigilante. Había logrado tener erecciones en sus relaciones y disfrutaba, pero nunca como con “Clo”. Con algunas había propuesto lo del huevo y unas habían accedido, pero no le resultó igual. Antes d ir a esa cantina se preguntó sin con un gay podría experimentar como con “Clo…” ¡y ahí estaba yo, oyendo horrorizado, semejante propuesta!

- ¡Anda! – decía - ¡Por favor! ¡Aquí traigo en la mochila un huevo ya hervido!

Me reí. Aunque fue por dentro para q no se ofendiera. La verdad es q sí me había conmovido… y lo valoré, para qué más q la verdad, porque tenía curiosidad y porque Valerio no era nada feo.

- ¿Pero qué es lo q tienes en mente? ¿Que vayamos a un hotel, “utilizar” el huevo, masturbarte y ya?

- ¡No, no, pos si no soy un salvaje! Lo he pensado muy bien y no creo q me desagrade agarrarte y q me agarres; acostarnos en la cama y abrazarnos… Q nos besemos en la boca tal vez no, pero si quiero q me la chu…

- ¡No lo digas! ¡No lo digas! Ya sé, ya sé.

Se río… Él sí por fuera.

- Tú sí eres medio persinao, ¿verda?

- La verdad sí. Pero también soy muy curioso. Las cosas raras me llaman la atención, pero muy pocas veces me atrevo a hacerlas porque me da miedo. La verdad es q me gustas y… ¡sí me aviento! Dices q va a ser tu primera vez con un gay y también será mi primera vez con un huevo. ¡No sabes qué gracias le doy a Dios d q “tu problema” no haya sido con un avestruz!

Ahora nos reímos los dos por fuera.

- ¡Eres payque! ¡D veras eres payque! Y yo no soy malo, de veras. Hasta compré un huevo d codorniz para no lastimar al vato buena onda q me dijera q sí. ¡Qué payque q fuiste tú!

Y fue muy payque, como decía él. Nos compramos un six d cervezas; nos fuimos a un hotel… y efectivamente se portó como todo un caballero. Platicamos un rato todavía, d sus sueños y aspiraciones… yo las escuché a su lado. Nos recostamos en la cama y él seguía platicando. Pasó su brazo por debajo d mi cabeza y yo me recosté en su pecho mientras me seguía platicando… y d pronto hizo lo q dijo q no iba a hacer: ¡me besó en la boca! Y fue un beso largo acompañado d unas caricias muy delicadas por todo mi cuerpo… Se separó suavemente y me aclaró:

- Se me salió, vato… y creo q porque eres payque.

Y ya no dijo nada más. El ser más cariñoso del mundo se puso frente a mí y yo le correspondí, sabiendo q era justo eso lo q le faltaba… Por eso cuando se levantó y fue por el huevo, me esforcé por parecerme a “Clo” y hacer justo lo q me había contado, hasta q lo vi ponerse muy rojo y mojar la cama con su líquido muy blanco.

Ahora somos muy amigos. Ya tiene 27 entrados a los 28. Nos hablamos todos los días y nos vemos d vez en cuando. Me gusta oírlo hablar d sus sueños y aspiraciones, pero más me gusta saber q muchos d ellos los está logrando. Aunque no pueda sentir el mismo placer q en su adolescencia y primera juventud, me he encargado d enseñarle q también es un placer recordar lo q se tuvo… y ahora porta con orgullo el ser el “viudo d Clo”.

26 d agosto d 2009

viernes, 18 de febrero de 2011

El amaranto


Estoy triste y pobre… Tal vez sea porque tiré d la bicicleta al señor q vende alegrías, a gritos, ¡los domingos a las siete d la mañana!






Era una d esas noches normales d viernes. Tráfico sobre la calzada d Tlalpan y un tranquilo caminar del metro q me llevaba d San Cosme a General Anaya. Eran como las 9 ó 9 y media. Para no variar, había salido tarde d trabajar y me dirigía cansado a casa. Me fui parado d San Cosme hasta Hidalgo y ahí ocupé el asiento q me gusta: el q mira hacia el frente y pegado a la ventanilla derecha, desde el cual veo el paso imaginario y veloz d las lámparas d halógeno q sirven para iluminar las vías, también transitadas por algún trabajador nocturno y por las inmensas ratas q viven entre ellas. Y al salir a la superficie, en la estación Pino Suárez, entonces me regodeo mirando la siempre atascada Calzada d Tlalpan y a sus ocupantes neuróticos.

Nada parecía ser diferente esa noche: la peste normal a sopa “Maruchan” y a sobacos sin desodorante; rostros cansados… uno q otro alegre por dirigirse, quizá, a alguna fiesta o reunión, y otros llenos d pasión debido a q acompañaban al amor a su casa, luego d una tarde d café, cine o paseo.

Empecé a desesperarme cuando sentí q el metro se tardaba más d lo normal. Sospeché q llovía más adelante; y es q esa línea en particular, siempre tiene problemas d tráfico cuando sus rieles son salpicados hasta por una leve llovizna.

Me gustaba llegar a mi casa y sentarme a escribir un cuento, una poesía… continuar una novela inconclusa, o mejor rasgar mi guitarra y robarle una nueva canción al viento. Pero, como ese encuentro se veía lejano, opté por poner atención a lo q ocurría a mi alrededor; después d todo, observar resulta ser el origen idóneo d una obra creativa.

Fijé mi vista en el muchacho q venía durmiendo enfrente d mí. ¡No sé cómo puedo llamarle dormir a aquel cabecear y cabecear d cada 5 segundos! Suelo ser exagerado; no creo q exista escritor q no lo sea; mas les juro por mi madre, ya difunta, q conté esos 5 segundos entre cabeceo y cabeceo. ¿Puede alguien dormir cuando hace trabajar tanto músculo, tejido y arteria? El cerebro está perdido, seguramente, pero con tanto zangoloteo dudo mucho q se pueda hablar del descanso q provoca una buena siesta.

Este muchacho, en específico, hacía trabajar su cuerpo d más porque después d cada cabeceo no dudaba en levantar su mano, también “dormida”, y acomodarse el mechón d cabello q sucumbía ante la gravedad y al impulso d cada bajar d cabeza. Su indumentaria completamente blanca y un libro muy grueso amenazando caer al piso en cualquier momento, me hizo imaginarlo como estudiante d medicina o, Dios no lo quisiera, como un joven ya ejerciendo. Y comento esto último porque me llena d pánico pensar q pudiera intervenirme quirúrgicamente algún día, ¡alguien con esa facilidad para perder la conciencia!

El joven q me acompañaba del lado izquierdo había dejado caer su cabeza una sola vez y su cabello escaso parecía no haber sido peinado desde hacía mucho tiempo.

Puedo hablar también d la plática acaramelada d unos novios q venían en los asientos justo detrás mío; del señor apuesto, con vestuario deportivo, q venía recargado justo en la puerta q lucía la leyenda: “Favor d no recargarse”; del adolescente q no dejaba d mirarlo desde su lugar paralelo al mío y q se relamía los labios cada q su mirada se encontraba con la d “el deportista”; d una venerable anciana q fruncía la vista para verificar los logotipos d cada estación a la q llegábamos, o d la joven q, por alguna razón, se cambiaba d lugar cada q alguien desocupaba un asiento… pero me limitaré a lo q, definitivamente, hizo especial la noche.

Es tan común q ya nos parece normal, pero viéndolo bien se trata d todo un fenómeno. En una estación se sube un vendedor d discos piratas, con un equipo portátil más sofisticado q el q tengo en mi casa. En la otra un cantante, q gorgorea falsetes lastimeros en los finales d cada estrofa, con una canción q empieza siendo “María bonita” y termina en “Paloma negra”, si bien nos va. En la siguiente nos ameniza el d las pilas q t duran una puesta en el “reproductor de Cd’s”, y en la otra el q ofrece el libro d recetas medicinales q sólo empeoran tu enfermedad, a menos q seas creyente y t sane justo el poder d tu fe.

Eso sí, son gente muy respetuosa: cuando coinciden 2 en un vagón suelen esperar a q el otro acabe ¡y hasta se extienden la mano ofreciéndose el primer lugar! Cuando el joven “sordomudo” acaba con el rito d ponerte una estampita en la pierna, en el brazo, en la petaca q llevas bien sujeta al pecho para q nadie t la robe… ya q casi t mata d un infarto cuando vienes distraído y sientes aquella mano posándose en alguna parte d tu cuerpo, entonces empieza el segundo con su oferta, mientras el primero t arrebata lo q t dejó encima sin tu consentimiento.

Esto hablando d los vendedores y ofrecedores d ofertas (la estampita d San Judas q t ofrece el “sordomudo”, definitivamente cuesta más cara en el templo d dicho Santo). Cuando hablo d los q piden “caridad” es cuando me aterro. En mi natal Yucatán mi abuelita tenía la costumbre d darle siempre una moneda a los q veía en necesidad. Lo hacía d buen corazón; pero si hubiera vivido en el DF nunca hubiera ganado lo suficiente para darle a la caravana d pedigüeños del metro.

Entre estos están los campesinos q piden apoyo para su causa; las inocentes víctimas d un accidente o d un defecto físico; los miembros d una tercera edad solitaria; los ex presidiarios q no encuentran trabajo; los deudos d un pariente cercano (después d 3 meses t los vuelves a encontrar con la misma cantaleta ¡y con el mismo muerto q, seguro, ya debe oler bastante feito!), y los jóvenes d la calle q, con sus vidrios limados, esperan venderte la idea d q prefieren lastimarse así mismos antes q utilizar sus dotes d asaltantes.

También está la mujer q lleva meses consiguiendo dinero para pagar su pasaje d regreso a un pueblo X; el niño q t ensucia el zapato más d lo q t lo limpia, y q después t mira con la carita propia d alguien q recibe un par d madrazos sino lleva el suficiente dinero a la casa para q se siga emborrachando su padre; el q no t pide dinero sino un boleto d metro “aunque sea”, para poder transportarse (y q días después t lo revende porque quiere un taco), y el grupo d hermanitos desnutridos q forman parte d toda una familia completa d ingenuos q vinieron a la gran ciudad en busca d oportunidades.

Me senté en la estación Hidalgo, dije hace un rato. Contemplé los halógenos d ahí a Bellas Artes. Me di cuenta d q llovía cuando llegamos a Allende. Y como d Allende a Zócalo el metro se detuvo “33 veces” (insisto en q ahora no estoy exagerando), tuve tiempo d contar los 5 segundos q se tardaba en cabecear el estudiante o licenciado en medicina; d ver al q sí descansaba y ahora babeaba con descaro, a mi lado izquierdo; d escuchar las palabras melosas d los q venían a mi espalda; d observar a la viejita frunciendo la vista comparando los símbolos d las estaciones, y del ligue sin bochorno q traían el deportista y el adolescente.

Pino Suárez, San Antonio Abad, Chabacano, Viaducto, Xola, Villa d Cortés… fueron las estaciones marco d tantos vendedores, músicos y limosneros q subieron y bajaron y q ya narré. Son más personajes q estaciones, ¡pero se tardó tanto el metro en cada estación q alcanzó y sobró…! Y es q fue en Nativitas donde subió el singular personaje q deambuló por el vagón infinidad d veces, casi mirándonos a los ojos a cada uno:

- ¡Señoras, señores; más jóvenes por lo visto! En primer lugar tendré q decirles q “no soy d aquí ni soy d allá”. ¡Espero risas!

Nadie rió. El muchacho d blanco se subió el mechón y cabeceó una vez más. La viejita se remontó al hombro el tirante d su bolso y expuso su dentadura postiza, q me hizo imaginar una posible sonrisa, cuando descubrió q la siguiente era la estación donde bajaba.

- ¡Bien! ¡Las risas vendrán después! Cuando sepan ¡y lo sabrán!, d qué se trata lo q esta noche vengo a ofrecerles.

Tenía en su hombro lo q en mi tierra se llama “sabucán”. Es una bolsa d mandado, hecha con hilo d nylon, d ese q se usa para las cañas d pescar. Extrajo d ahí lo q ofrecía: barras d “alegrías”; amaranto; esos deliciosos granos unidos con miel, gratinados con nueces, pasas… baratos y nutritivos.

- ¡Señoras! ¡Señores! ¡Más jóvenes por lo visto! ¡El amaranto, o “huatli”, como se le llamaba aquí en América, tiene más d 7 mil años! ¡No falta quien afirma q fueron los mayas los primeros en cultivarlo… después los Aztecas y los Incas!

Empezó a preocuparme el d mi lado izquierdo; las estaciones antes nombradas me habían creado una confianza q, d pronto, empecé a perder. No había cabeceo pero sí un vaivén q, seguro, a él le recordaba una cuna d niñez. Su cabeza la hubiera podido soportar sobre mi hombro sin problemas. Yo también he dormitado en el metro y hasta he dado 2 ó 3 vueltas d terminal a terminal. Era esa saliva bamboleante la q empezaba a preocuparme.

- ¡Esta semilla, el amaranto, preparado d la manera q ustedes conocen como alegría, tiene un alto contenido en proteínas, vitaminas y minerales, q nos ayudan a crecer sanos y fuertes! ¡Es ideal para la anemia y la desnutrición porque es un alimento rico en hierro! ¡Además, el plus: ayuda en la cura d la osteoporosis porque contiene calcio y magnesio!

Llegamos a Portales, la siguiente estación. El conductor tuvo a bien frenar intempestivamente. Cabe aquí preguntar cuál será la razón por la q los conductores d metro tienen esa maldita manía, cuando aún hay al menos 200 metros d distancia entre uno y otro. Llueva o no llueva, el frenón les resulta vital aún cuando tengan esas distancias. La viejita casi escupe sus dientes postizos pues ya estaba d pie y preparada para bajar; se acomodó d nuevo la bolsa en el hombro y esperó a q las puertas se abrieran. Los dientes acabó d ponérselos en su lugar con la lengua, mientras esperaba q el tren se acomodara los 10 centímetros q le faltaban para llegar al lugar en donde pudo abrir sus puertas sin necesidad d aquel brusco frenazo. El d la baba se despertó y se limpió justo antes d q me adornara con aquel “menjurje”; el vendedor retrocedió “45” pasos y estuvo a punto d caer; eso sí, sin abandonar su ensayada voz. El d blanco perdió su ritmo d 5 segundos y lo duplicó a 10 durante un escaso minuto.

- ¡Las hojas del amaranto tienen más hierro q las espinacas! ¡Contienen mucha fibra, vitamina A, C y magnesio! ¡Prácticamente suple a la leche porque contiene proteínas y calcio… y es mucho más barato!

Camino a Ermita la muchacha a mis espaldas empezó a llorar. Volteé con disimulo y me sorprendió q pudiera sollozar con todo y q la boca d quien supuse su novio, obstruyera la suya con un beso d lengua y garganta; ella inhalaba grotescamente sus mocos sin respeto al rostro d él, quien no se le separó en ningún momento. ¡Amantes sin duda! Me lo confirmó el anillo q ella llevaba en su anular y q pude ver cuando se levantó y se preparó para bajar. El deportista al fin se animó y se acercó al triunfante adolescente; d haber tenido la lengua d gato, el joven hubiera erosionado por completo sus labios después d tanto tiempo d estárselos relamiendo con lujuria.

- Lo más interesante es su buen equilibrio a nivel de aminoácidos y el hecho d q contenga lisina, un aminoácido esencial en la alimentación humana. Destaca la presencia del escualeno, un tipo d grasa saludable, q hasta ahora sólo se obtenía d tiburones y ballenas.

En Ermita se bajó la muchacha. Su amante, ahora yo ya no tenía dudas, bajó el rostro, como quien sufre en extremo, e ignoró su carrera rumbo a las escaleras. No bien hubo desaparecido cuando se enderezó y, coqueto, clavó su mirada en otra pasajera. El deportista inició un roce discreto d rodilla con el adolescente jarioso. Mi babeante compañero había vuelto a sumirse en un profundo sueño, y el “doc” había disminuido a 4 segundos su cabecear.

- El amaranto fue uno d los alimentos seleccionados por la NASA para alimentar a los astronautas, ya q ellos necesitan alimentos q nutran mucho, q pesen poco y q se digieran fácilmente.

Nadie le compró. El mercader lucía cansado. Los 4 “respetuosos” colegas q habían subido en las estaciones anteriores, esperaban turno para ofrecer sus productos.

Fue gracioso llegar a “General Anaya”, la penúltima estación, y coincidir en la puerta con el vendedor d Amaranto q gritó, ya sin su voz ensayada, a todos los q aún quedaban:

- ¡Ultimadamente, coman lo q les dé su rechingada gana!

sábado, 15 de enero de 2011

En la calle obscura


La noche que te fuiste fue noche de llanto;
no hubo ni consuelo, ni una mano amiga de la cual asirme.
Salí de mi casa… me fui caminando…
tan sólo quería encontrarme un… “algo”,
me sirviera de árbol de la noche triste.

Sólo hallé recuerdos mientras caminaba:
el parque... ¡y la banca en donde prometiste
ser mi amor por siempre!
El cine cerrado donde te besaba;
la esquina desde la que te veía cuando te marchabas…
y la calle obscura donde te perdiste.

¡Ya no pude más! Caí derrotado.
Esa calle obscura era tu presente.
Una de sus casas la puerta te abría,
las tardes o noches de todos los días,
mientras yo pedía, al cielo, poder verte.

Una de esas tardes cumplió mi deseo;
¡tus ojos brillaban como dos luceros!
No había en ellos huella de dolor ni llanto;
supe que ese amor que tanto había extrañado
no me conservaba ni como recuerdo.

Pedí al cielo entonces: ¡Olvida mi súplica!
¡Ya no quiero verla... quiero darte gracias!
Porque con mis lágrimas yo limpié las suyas,
al cortar mis venas borré sus recuerdos,
y la hice feliz… en la calle obscura.

8 de abril de 1996