domingo, 19 de septiembre de 2010

De cómo dejé de fumar... o de cómo nos hicimos novios


¡Era tanto su enojo en cada ensayo, que me hacía sentir muy mal! Nunca me decía nada, pero su torcer de boca y sus peticiones de abrir las ventanas, me lo hacían evidente. Trataba de fumar lo menos posible porque su presencia hacía que mi casa se llenara de luz… al menos así se refleja el exterior cuando alguien está enamorado y en presencia del ser que ama… pero no podía evitar escurrirme hacia la cocina, mientras repasaba su soliloquio, y darle rienda suelta al fétido vicio, abanicando su peste hacia el extractor.

Muchas veces pensé dejar el cigarro, pero sólo lo intenté una vez. Fueron, que yo recuerde, las cinco horas más angustiantes de mi vida; al cabo de su paso el vicio se me incrustó como sanguijuela recién renunciada como Testigo de Jehová, y el paquete de veinte cigarrillos diarios se me convirtió en cajetilla y media.

Una tarde lo platicamos. Él no podía creer que las raíces del vicio estuvieran tan incrustadas en mi humanidad. Yo tampoco. ¡Me sentía tan débil y cobarde ante él! ¿Cómo pretender su amor si no tenía ni la voluntad necesaria para dejar un vicio?

Un año antes (por cierto, mientras me fumaba un cigarro), le había hablado de mis deseos:

“Cuando miro tus ojos, tu nariz, tus labios… tan cerca de los míos… ¡no sé de dónde he sacado fuerza para evitar suspender la escena y tomarme ese aliento que brota de tu respiración entrecortada! Cuando aflojas tu camisa y dejas aparecer tu pecho duro; cuando das vueltas en el piso del proscenio y puedo mirar tus nalgas erguidas, tus piernas fuertes; cuando te quitas los zapatos y puedo sentir el aroma de tus pies sanos, contemplar cada uno sus dedos, sus uñas pulcramente cortadas, y la vellosidad fina que viste su empeine; cuando te tocas, por encima del pantalón, ese bulto que se antoja apetecible y lo frotas contra mi espalda en la escena de la amenaza; cuando tus manitas suaves y tersas me acarician el rostro en lo marcado como mi muerte… ¡no sé cómo no me olvido del público y te arrebato hacia mí para hacerte mío ahí mismo, con ese salvajismo que embriaga a nuestros personajes y que se te escapa de los ojos en la vida real!”.

Medio año antes (evidente, con cigarro en mano), le había hablado de mi amor:

“Es sagrado. No es algo que proceda, como piensas, de una simple testarudez. Me lo ha dicho cada mañana, cada tarde, cada noche… cada madrugada de descanso truncado, después de un sueño contigo; el abandono de la cama para ir a tocar, abrazar y llenar de besos, el póster que adorna mi pared de triunfos y en el que tu imagen se me regala completa, sin ánimos de escape. Hasta aquí te sueno a obsesivo, lo sé. Pero tengo los argumentos vívidos para refutarte. Un obsesivo sólo exige, requiere, necesita, presiona, obliga… yo valoro, admiro, respeto. Tus alas han estado libres en todo momento; te he visto volar desde mi cumbre y sólo he levantado mis manos para saludarte al paso. He descubierto en tu alma la nobleza; en tus ojos la verdad y en tu frente la seguridad necesaria para enfrentar la vida. Me he sentado a esperar… No ha salido de mi boca ni un solo reclamo ante cada una de tus decisiones; y mira que muchas de ellas han sido para alejarte de mí; antes he levantado mi pulgar para desearte la felicidad que te mereces y que nunca te negaría… porque amar sólo es desear que el ser amado sea feliz. Eso, sólo eso, es lo que deseo para ti”.

Hace un mes (sala de cine horas antes; té en la sala de mi casa; plática completamente ajena… cigarro presente), sin que lo esperara (dicen que el amor sólo llega así), sacaste la cajetilla de la bolsa de mi camisa y la tiraste al bote de la basura. Yo permanecí en mi sillón favorito mientras miraba tu arrebato. Regresaste a mí; te hincaste al frente; sacaste un estuche negro de la bolsa de tu pantalón; lo abriste y me enseñaste su interior; en él descansaba un anillo, con un pequeño diamante en su corona… el cigarro tembló entre los dedos anular y cordial de mi mano derecha. Hablaste. Y desde entonces…

“se ha suplido el ansia de mi cigarro en mano, con tu mano; el dejillo acre de la nicotina con el sabor de tu simiente, trocada en dulce por el deseo… y la costumbre del cigarro en la boca, con tus labios. Mi vicio obsesivo, con tu cercanía diaria, con tu amor… ahora es el vicio más cursi: el de amarnos cada mañana, cada tarde, cada noche… cada madrugada de descanso truncado, después de entregarnos a un deseo que sabe a eterno.

02 de mayo de 2010

jueves, 9 de septiembre de 2010

2012... ¡"Ira" nomás!

Corrían los años 900 d nuestra era, ahí en la región del Tortuguero, en el estado d Tabasco. Se acercaba la noche fresca d ese día caluroso. Layná cenaba con su esposa e hijo, sin poder esconder una alegría q se le salía hasta por los poros d su gran cabeza, muy escasa d pelo.

Y es q esa noche terminaría… ¡Por fin! ¡Apuntaría, sobre una confusión d tela y papel hecha con henequén, los últimos datos d ese maldito calendario q iniciara su bisabuelo, continuara su abuelo, y cuya manufactura le heredara su padre! Sus 49 años, casi completitos, los había dedicado a salir cada noche y medir con una vara, en cuya punta descansaba un círculo d madera, la trayectoria del planeta Venus.

Layná fue muy infeliz.

Trabajaba incansablemente todas las noches ayudando a su padre, mientras sus amigos se divertían en la “discoteca” (en ese tiempo no se llamaba así, claro, pero también había bailongo al ritmo d los tambores, X’tabentún para aflojar “carnita”, importado d la tierra de los Itzáes, y varios empleados del lugar cubrían y descubrían unas antorchas para hacer el efecto embriagador d las luces).

En las noches con luna, los jóvenes d su edad salían a la plaza a caminar con sus novias; a veces se perdían entre la maleza para darse un “lleguesito”, mientras q Layná detenía la vara con el círculo d madera en su punta, para q su padre anotara los datos a las 9:00, a las 9:30, a las 10:00… Cada media hora era d zancada pequeña, con la vara apuntando al planeta… y después un seguir d pléyades, cinturón d Orión y Osa mayor e hijo.

En el día, además d cincelar en una piedra los datos recabados, eran las lecciones para hacerse astrónomo a fuerza: q el tzolkin dura doscientos sesenta días, q tiene veinte kines; q el katún consta d siete mil trescientos días con sus noches; q veinte Katunes forman un Baktún; q una vuelta completa del movimiento d precesión dura veinticinco mil setecientos sesenta y siete tzolkins; q se debe sembrar en… para cosechar en… mientras q la celebración d… ¡Bua! Lección tras lección q Layná tuvo q enseñarle letra por letra a su retoño, fruto d una boda forzada porque le era obligatorio tener un heredero para continuar la tradición sacerdotal d su familia.

Esa noche q cenaba con su esposa e hijo, Layná no podía esconder la alegría q se le salía hasta por los poros d su gran cabeza, muy escasa d pelo: esa noche terminaría el décimo tercer Baktún, el día en q descendería del cielo Bolón Yokté Kú, el dios d los nueve pilares.

- ¡Mis huesos en el altar d sacrificio! – gritó, después d tragarse una gran cucharada d frijoles colados, seguidos d un pedazo de tortilla - ¡Tantos trinches katunes d mi vida perdidos, sólo para celebrar una cochina fiesta religiosa!
- ¡Celebración sagrada! – replicó la mujer - ¡Y tú trabajo es toda una tradición!
- ¡Toda una tradición q sirve para esperar grandes pachangas, mientras los q las calculamos arruinamos nuestras vidas!
- Con eso ha comido toda tu familia durante cientos d kines. ¡Orgulloso deberías d estar por ser un Ha Kín!

Layná detuvo ese repentino ataque d ira, q le acosaba constantemente debido a su frustración eterna, y miró a su hijo d apenas 14 tzolkins. Acarició su cabello puntiagudo, para después reclinarse hacia él.

- ¡Gracias a Kukulkan, querido paal mío, tú sí podrás hacer lo q quieras con tu vida! Lo bendecirás siempre por haberte dado un padre pensante y no tradicionalista.

Se apartó del muchacho y volvió d nuevo a su mujer.

- Mañana a primera hora iré a ver al gran señor Est’bán Gon’jot y le entregaré el calendario… junto con mi renuncia.
- ¿¡Estás loco, Layná!? ¡Tu familia y tu descendencia son los únicos sacerdotes capacitados para la elaboración d…!
- ¡Me vale “Ná”! ¡Mi paal no va a desgraciar su vida con estas pendejadas del tiempo y el espacio!

Layná se puso d pie dando un manotazo sobre la mesa y salió d la casa hecha d bajareque, con techo d palma, todavía refunfuñando.

- ¡Pelaná! ¡Si lo q importa del tiempo es vivirlo, no nomás estarlo contando!

A las cuatro d la mañana, Layná hizo su último apunte sobre aquella confusión d tela y papel, para después dejarla caer al piso junto con su pincel. Levantó los brazos hacia el cielo y pegó un grito tan fuerte, q algunos monos aulladores se despertaron y le hicieron la segunda. Su hijo lo miraba a corta distancia, ligeramente asustado, sosteniendo aún la vara coronada del círculo, apuntando hacia Venus. El Ha Kín se acercó a él; lo abrazó y besó.

- Paal mío. Por fin terminamos el décimo tercer Baktún. ¿Quién va a hacer los siguientes? ¡No me importa! Yo no t voy a obligar, como me obligaron a mí, a ser un Ha Kín. Ahora mismo vamos a labrar en la piedra estos últimos datos y mañana iremos con el gran señor a renunciar.

Layná miró hacia ese cielo q tanto odiaba. Le pareció diferente ¡hasta bello! Haló a su hijo y ambos se sentaron en la tierra húmeda.

- ¡“Ira” nomás! – exclamó - ¡Qué hermoso resulta el cielo cuando deja d ser carga y se convierte en cobija! – Volteó hacia su hijo, q sólo miraba hacia arriba con la boca abierta – Mañana mismo t conseguiré a un esclavo para tus prácticas sexuales y t casarás con quien tú quieras y cuando lo decidas – El niño volteó hacia él y abrió aún más grande la boca.

Pero no todo resultó como Layná lo había pensado. El gran señor estaba muy ocupado y se tardó varios días para poder recibirlo. Montaba guardia en la mañana, en la tarde y en la noche frente al Palacio, pero del gran señor ni sus luces. La carga d aún ser el Ha Kín encargado d continuar con la siguiente etapa del calendario, le doblaba la frustración añeja y lo llenaba cada vez más d ira.

Tres semanas después, por la tarde, cuando el gran señor Est’bán Gon’jot por fin se dignó recibirlo, Layná entró al palacio cargando una gran piedra, ayudado por su hijo y un par d esclavos. Hizo las reverencias debidas. Puso a la vista la talla. Est’bán la miró complacido, para después ordenar q fuera colocada a la vista, en alguno d los templos.

- Tal como mi bisabuelo quedara con tu bisabuelo – habló, apenas mirándolo –; tal como mi abuelo quedara con el tuyo; y d la misma forma q mi padre quedara con tu padre, yo, el gran señor d Tortuguero, quedo contigo complacido Ha Kín Layná. Sé q en el siguiente Baktún pondrás el mismo empeño, mientras adiestras a tu hijo para continuar con la tradición.

La sola mención hizo q los cachetes d Layná se pusieran muy rojos, al mismo tiempo q sentía un calor indescriptible a los lados d su gran cabeza, q le hacía palpitar fieramente las venas d sus sienes.

- ¡Gran señor! Justo vengo a decirle q tanto mi hijo como yo, desde este día renunciamos a eso q, seguramente, usted llamará noble tarea. He arruinado cada día d mi vida, cada tarde d mi vida, cada noche d mi vida, en esta labor y no pienso orillar a mi hijo a q sufra lo mismo. Puede usted hacer ladrillos con su piedra d Baktún y metérselos por su complacido trasero. ¡Por el amor d Kukulkán! ¡Con los dichosos calendarios estamos adelantados más d mil quinientos tzolkins, y d aquí a esas fechas quién sabe si existamos! Ya tenemos el calendario Haab… ¡y el d la cuenta larga está adelantado más d tres mil tzolkins! ¿No cree q ya basta d tanto futuro? Ahorita estamos a punto d convertirnos en ruinas con tantas guerras, por la falta d lluvias… ¿No cree q ya deberíamos pensar en el presente, amén d q ya estoy hasta la Ná?

Mientras la ira d Est’bán iba creciendo, la ira d Layná se convertía en temblor. El par d esclavos y el heredero abrían cada vez más su boca, mientras retrocedían lentamente hacia la salida más cercana. Al gran señor los cachetes se le pusieron muy rojos y las venas d sus sienes se dejaron ver palpitar fieramente, como si todo el fuerte calor d la selva se le estuviera acumulando a los lados d su gran cabeza.

* * * * *

Fue una verdadera estupidez la mía caerme en aquel cenote, en el q casi me ahogo, mientras acompañaba a mi padre a cazar venados en la selva yucateca. Y es q ya me había advertido q, cuando corriera, me cuidara d dónde pisar porque había algunos cubiertos totalmente por la maleza. Pero bien dicen q no hay caída q no le sirva a uno para impulsarse hasta arriba.

Descubrí, en el recoveco d una gran piedra, una confusión d tela y papel hecha con henequén. Ahí, con la ayuda d mi abuelo q conocía perfectamente la lengua maya, me enteré q Est’bán Gon’jot había dirigido toda su gran ira sobre Layná haciéndolo pedacitos esa misma tarde con sus propias manos. Q el joven heredero había salido corriendo junto con el par d esclavos y habían huido rumbo a mi tierra en donde les dieron asilo. Q ese par d esclavos eran los q Layná le había conseguido para sus prácticas sexuales… y q habían sido muy felices hasta el día d su muerte, con su amor d tres. Y lo más importante: como nadie sabía calcular con exactitud ese asunto d los calendarios, justo se terminó en lo q hoy conocemos como 23 d diciembre d 2012.

¡Sabía q tenía un tesoro entre mis manos! Y como soy muy estudioso d mis orígenes mayas… y me dedico a hacer documentales… ¡d tarugo les digo! Mejor sigo ganando carretadas d dinero d aquí al 2012… y después del 23 d diciembre doy a conocer q recién me caí en un cenote y encontré la historia d la frustrada vida d Layná, la ira d un gran señor y los placeres ocultos d su hijo. Bolón Yokté Kú, el dios d los nueve pilares, llegó un poco anticipado para mí… jejeje.

11 de agosto de 2010

miércoles, 25 de agosto de 2010

PARA QUE NUNCA DIOS NOS SEPARE (Temporada 2010)

"Entre el amor y la obsesión sólo hay... ¡una carcajada!

RESEÑA

Un compositor romántico y de corazón noble, un profesor de secundaria afeminado y escandaloso, y una mujer obsesionada con una relación ya concluida, se unieron en esta comedia hilarante, con el matiz de suspenso al que nos tiene acostumbrados su creador y director de esta puesta, Luis Felipe Pacheco.

En medio de un ambiente confuso, conocimos a Benjamín y a Valentina. Con un diálogo ágil, por momentos agresivo y en otros romántico, descubrimos los secretos que la historia guardaba y que nos sirvieron de preparación para la llegada de Damián, con quien la comedia tocó su punto climático.

Resulta difícil realizar una sinopsis precisa porque la obra, desde su inicio, oculta las verdades que se descubren en el transcurso de la trama. Lo que debe quedar plasmado, en definitiva, es que su final resultó completamente inesperado, conmovedor, sin que con ello se perdiera el humor negro.

Yozvan Santos (premio al mejor actor de teatro independiente 2010, con la obra: “El Tercer Gemelo”, del mismo autor), Luis Felipe Pacheco (celebrando 25 años de carrera artística), y Nayely Yedid, le dieron vida a los tres personajes de esta comedia original, que inició temporada el 26 de junio en el “Centro Cultural Sylvia Pasquel” y concluyó el 04 de septiembre de 2010.

El texto de: “Para que nunca Dios nos separe”, obtuvo el segundo lugar en el Congreso Estudiantil de Crítica e Investigación Literaria 2009, que organiza la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa. Sus jueces lo definieron como un texto con:

“Fluidez en una trama sencilla, sin grandes complicaciones, pero con gran consistencia; una anécdota interesante y divertida”.

“Los personajes están perfectamente delineados y permiten un amplio margen para su interpretación sobre la escena; son atractivos, atrayentes e interesantes”.

“Elegancia en el discurso y sobriedad clara en el diálogo”.

“Notable habilidad para eludir lugares comunes y experimentar con nuevas estructuras anecdóticas a partir de viejos esquemas argumentales, tratados ya hasta el hartazgo”.

domingo, 1 de agosto de 2010

Todavía no sé


Publicado el 8 de Julio de 1999, en “El Juglar”, suplemento cultural del “Diario del Sureste”.

También forma parte de mi compendio “Cosas del escritor melancólico”, publicado en abril del 2004.



La sala de aquella casa estaba atestada de camarógrafos, reporteros y familiares cercanos, de quien agonizaba en la recámara superior. Todos esperaban la señal del médico para subir y presenciar los últimos momentos de aquel famoso declamador, que todavía llevaba el nombre de Elías Carmona.

Don Elías quería morir haciendo lo que había hecho toda su vida de fumador: Declamando. Había escogido: “En paz”, de Amado Nervo, para decirle adiós a sus muchos admiradores y a la vida.

Cuando el médico lo consideró pertinente salió de la recámara y, desde arriba, hizo una señal con su dedo índice para que todos entendieran que ya podían subir.

Ignorando pleitos de televisoras, de periódicos y de familia, todos subieron en perfecto orden como guardándole respeto al aún joven moribundo. Sin preocuparse si estaban en primera, segunda o tercera fila, se acomodaron dentro de la amplia recámara; encendieron cámaras, luces; tomaron lapiceros y pequeñas libretas; sacaron sus pañuelos o kleenex… y se dispusieron a escuchar las últimas palabras del admirado mundialmente.

Con la misma vehemencia que siempre lo caracterizó, ahora matizada con un difícil respirar, don Elías inició el poema ante las lágrimas de todos sus espectadores. Con cada palabra parecía que se le iba el alma; todos pensaban que no podría terminar… pero terminó. Cuando pronunció aquel famoso: “Vida nada me debes, vida estamos en paz”, su respiración se detuvo abruptamente y su cabeza perdió total fuerza.

Un murmullo de dolor se dejó escuchar entre los asistentes. El médico se acercó al cuerpo inerte y, después de mover la cabeza anunciando el deceso, pidió a todos que salieran para comprobar su dictamen.

Cuando el último de los asistentes salió y cerró la puerta, don Elías llenó sus pulmones de aire con desesperación, y recobró su pálido color.

- ¡Eres un animal! – reprochó al galeno - ¡Casi me ahogo! ¿No pudiste correrlos más rápido?

- ¡Era mucha gente, don Elías! ¡Además yo pensé que realmente estaba muerto!

- ¡Debería estarlo, maldito! ¿No se supone que me quedaban sólo tres minutos de vida?

- Yo mismo estoy extrañado. ¡Tiene usted los pulmones destrozados! ¡Nadie en su situación estaría ya vivo!

- ¡Pues todavía lo estoy! ¿Me puedes decir qué vamos a hacer ahora?

- Decirles que me equivoqué… que sólo fue un desmayo…

- ¿Estás loco? ¡Las cámaras han grabado mi fantástica muerte! ¡Miles de personas llorarán por su ídolo al verlo morir tan dramáticamente, tan idealmente! ¿Quieres echarlo todo a perder?

- Pues no, pero…

- ¡Nada! ¡Encárgate de mi velorio en la mejor y más amplia capilla de la ciudad!

- ¿Y si no se muere antes del entierro?

- ¿No me estás diciendo que, practicamente, ya estoy muerto?

- Así debería ser.

- ¡Entonces dame un cigarro y haz lo que te digo!

Don Elías aspiró aquel humo, vital para sus nervios, mientras se sentaba en el borde de la cama y ante la mirada reprobatoria del médico.

En la planta baja los familiares cercanos lloraban la pérdida del elocuente declamador y despedían a los medios de comunicación, cuando el doctor bajó y anunció oficialmente el deceso. También aclaró que era última voluntad del difunto que él, como su médico y amigo, se encargaría de todo, además de dos peticiones más: que nadie se acercara al féretro, excepto él, y que lo cubrieran con cajetillas de cigarros llenas.

El médico, esperando ya sólo encontrar el cadáver de don Elías, regresó a la recámara y lo miró sentado en el mismo borde que lo dejara, con un nuevo cigarro en la mano.

- ¡Ya no fume! – pidió, preocupado.

- ¡Ya no me molestes! – respondió enojado, el pretencioso declamador.

Unas horas después el cuerpo era velado en la mejor funeraria de la ciudad: "Gayosso", de Félix Cuevas. Los noticieros sólo dicen lo de "Félix Cuevas" para no meter un “Gol”; ¡cosa más absurda...! ¡Todo mundo ya sabe de qué funeraria se trata! El ataúd estaba abierto, pero el médico no permitía que nadie se acercara; montaba guardia a un lado de la cabecera.

- ¿Hay mucha gente? – preguntó Elías, con el rostro amoratado por el escaso aire que recibían sus pulmones enfermos.

El galeno sacó un pañuelo y fingió secarse el sudor para poder contestar.

- Demasiada diría yo.

- ¡Se está acercando la hora del entierro y nada que me muero, maldito médico de caricatura nueva!

- ¡No se preocupe! ¡Ya no tarda!

- ¡Más te vale! ¡Espero que, al menos, ya tengas las cajetillas de cigarros que me fumaré mientras me entierran!

Ya estaban ahí. El médico cubrió su cuerpo con ellas, minutos antes de partir al cementerio.

- ¡No me he muerto, maldito! – masculló el “difunto”.

- En el trayecto. En el trayecto.

Culminó el trayecto y nada.

- ¡Maldito!

- Estoy seguro que mientras la tierra cubre el féretro.

Y la tierra lo cubrió. La gente empezó a marcharse; los medios de comunicación lo dieron todo por terminado y planearon un futuro homenaje. El médico creyó escuchar un: - ¡No me he muerto, maldito! – antes de retirarse.

Algunos metros abajo ya no importaba nada. Fumar, seguramente, acabaría con el poco oxígeno que guardaba la caja. Don Elías tomó una cajetilla; la abrió. Buscó en su bolsa izquierda y no; buscó en su bolsa derecha y no…

El médico ya no escuchó su último grito: - ¡No me dejaste encendedor!

Octubre de 1998

jueves, 22 de julio de 2010

La razón de mi existencia

"Es verdad q a los 40 puedes decir q has aprendido mucho; q eres maduro... Es verdad q t brota el deseo d compartirlo... Es verdad q ya no esperas tanto d la vida y sí q disfrutas lo q tienes... Pero con el amor... ¿alguien me puede decir qué hago con todo el amor q me atasca las manos... q se enloda con tanta lágrima porque el ser q amo no me lo quiere recibir, a pesar d tantos años reservándoselo?" LFP

Quise esta noche sentarme frente a mi escritorio,
tomar una hoja y el lapicero chistoso
con el que siempre escribo,
para pedirle a mi alma
que guarde, por Dios, la calma,
mientras espero tu arribo.

El tiempo, cual cruel enemigo,
a veces me desespera.
Me hace pensar que tu llegada,
por tanto tiempo esperada,
es sólo un sueño de niño.

Yo sé que no… ¡Llegarás!
Llegarás porque creo incoherente
que esta mi espera de años,
tan llena de amores frustrados,
no tenga por premio tenerte.

Tan seguro estoy de lo que digo,
que te escribo aún sin conocerte.
Quiero darte, en primera, este escrito;
demostrarte con palabras que he tenido
¡toda una vida esperando verte!

Y si la vida premiara esta mi tan larga espera;
si mis ojos te miraran y, entre tanta gente,
te reconocieran,
no me importarían todas las cadenas,
todos los obstáculos que frente a mí estuvieran
para llegar a ti y darte como ofrenda,
este tan inmenso amor que mi corazón reserva para ti…
y sólo para ti…
mi desconocido amor…
la razón de mi existencia.

5 de abril de 1996

viernes, 16 de julio de 2010

Sábanas limpias









Me desperté muy temprano por dedicar este día
a limpiar de tal manera, que no quedara en la casa
ni una cucaracha viva.

Le puse sábanas limpias a mi colchón tan ansioso,
y fundas recién lavadas a las almohadas que, en noche,
sólo reciben mi rostro.

Una rosa que estorba mi respirar asmático,
al pobre florero azul que, al igual que yo,
siempre está solitario.

Le puse empeño en mi baño a los rincones estrechos
y, para que te fuera grato…
¡hasta abrí el perfume nuevo!

Cortó mi cabello, en cuidado, mi amiga la de la estética,
pues le conté, sin empacho,
que había acabado la espera.

Y hasta incluyó en su precio, sin que yo se lo pidiera,
un deliñe majestuoso de mi barba y mi bigote,
para darte un placer extra.

El amigo con quien vivo se programó una salida,
por si en volumen querías la música que te gusta
y el gemido que te excita.

Cancelé todas las citas de trabajo y merecidas;
cualquier ilusión o sueño,
por brindarme en exclusiva.

Me permití imaginar lo que sólo hemos hablado;
y hasta escribí con detalles
nuestra entrega paso a paso:

Desde el salud con cerveza, hasta el estrecho deseable…
un principio con ternura,
y un terminar salvaje.

E imaginé con tal fuerza que no me quedó más remedio
que poner sábanas limpias, con fundas recién lavadas,
al lecho donde aún te espero.

Porque de nada sirvió mi levantada temprana,
ni el holocausto masivo que me hizo el asesino
de mis amigas insanas.

La belleza de la rosa que estorba mi respirar asmático,
ni el empeño de mi amiga
por parecerte más guapo.

Ni el escoger de los discos con la música que gustas,
ni la huída de mi amigo,
ni las ansias que hoy me asustan.

Porque fue fugaz tu estancia, y tan llena de oquedades,
que dejó mis ansias locas
otra vez… en esperares.

Ya tengo sábanas limpias para cambiarlas mañana;
en contraste de mis sueños,
será por soñar tu estancia.

Y en fundas recién lavadas volveré a soñar tu cuerpo…
y el placer que me prometes…
para este próximo invierno.

12 de octubre del 2006 (2:04 AM)

lunes, 28 de junio de 2010

¡Ya estrenamos!


Pues sí, mis queridos amigos... ¡Ya estrenamos mi comedia "PARA QUE NUNCA DIOS NOS SEPARE", con lleno casi total, muchas risas y excelentes comentarios! Espero puedan acompañarme pronto porque será breve la temporada. "CENTRO CULTURAL SYLVIA PASQUEL" (Av. Juan Escutia 96, entre Pachuca y Mazatlán, Col. Condesa, metro Chapultepec, México, DF). SÁBADOS 8 DE LA NOCHE. Informes y reservaciones: 5211 49 41 y 5553 75 01. Loc. $100.00

Con este montaje y con este personaje "especial", que tenía muchas ganas de interpretar desde hace mucho tiempo, celebro mis 25 años de carrera artística. Sería un gran honor encontrármelos entre el público. ¡Los espero!