jueves, 31 de marzo de 2011

Izamal


Mi corazón palpitaba, cada vez con más fuerza, mientras el camión devoraba el camino q me acercaba a mi pequeña ciudad natal. Mis cabellos eran tironeados por el viento mientras mis ojos, semicerrados, trataban d encontrar entre los árboles la inmensa fortaleza amarilla, casa d la siempre amada Virgen Santa María, y del pueblo izamaleño. Al fin apareció; al fin, después d un año d ausencia, podía mirar d nuevo el campanario en donde, por las noches, los ángeles cantan “Completas” mientras el pueblo duerme.

Llegó el camión. Con la maleta en mano atravesé el parque “5 d Mayo”, sin dejar d apreciar la belleza y colonialidad d mi pueblo amado.

El exconvento se alzaba majestuoso; a sus pies continuaba aún el paradero d los “Coches Victoria”; el mercado dejaba correr por sus portales la música y el diálogo jovial d los comerciantes con sus clientes. En la cancha del Palacio Municipal, los jóvenes jugaban basket, preocupados tan sólo por meter canasta, mientras q en las calles circulaban infinidad d bicicletas y uno q otro despistado coche.

Continué mi camino sintiendo q Izamal, cual fiel amigo, me abría sus brazos para recibirme d nuevo con su humilde, pero hermoso, atuendo blanco y amarillo.

Después d la alegría y los abrazos d bienvenida, después d respirar el aire puro d la tarde, ya cuando la noche con su manto cubría el pueblo extrañado y reinaba el silencio propio d una madrugada tranquila, a la luz d mi lámpara escribí, como un novio a su amada, unos versos q salieron d lo más profundo d un corazón no poeta; versos q después oculté apenado, temiendo q alguien leyera lo allí plasmado por mano temblorosa pero enamorada, del pueblo q viera mi primer sonrisa y mi primera lágrima.

Sin embargo, antes d q el sueño viniera a habitar en mí plenamente, pensé q lo importante no es lo hermoso o rebuscado d las palabras con q se exprese el amor sino, precisamente, el amor con q esas palabras se expresen; cierto es q un poeta embellece lo q dice, más no siempre es el corazón quien actúa; en cambio cuando va el alma escondida en las palabras, hasta un simple: Te quiero, suena cual cascada en un bosque siempre verde.

¿Cómo no elevar mi alabanza al cielo?
¿Cómo no llorar cuando de ti parto?
Eres, mi Izamal, el más hermoso suelo
que de todo el orbe, mis plantas han pisado.

Si Nervo un día hubiera mirado lo que miro:
tu bello atardecer, tu noche clara y fresca,
no hubiera abandonado la tierra en que vivimos,
sin elevar solemne, a ti, el mejor poema.

Yo no soy poeta, pero quiero un canto
para ti entonar, que eres cuna mía;
eres fiel amiga, eres el descanso
que escogió por casa la Virgen María.

Tienes en tus siglos escondida historia,
guardada celosa por firmes guerreros;
son lanzas sus plantas, penachos de gloria,
hoy casas de aves, ayer grandes templos.

Y al dormir tranquila en tus noches frescas,
los ángeles cantan sobre tu convento;
pedazo de cielo que tiene la tierra,
pedazo de tierra, que quisiera el cielo.

18 de Diciembre de 1991

domingo, 13 de marzo de 2011

Viudo de Clo


Cuento publicado en "Parafilias", antología de cuentos con varios autores. Café Literario Editores, 2009.




Valerio era hijo del descuido d su prostituta madre. Su padre podía ser cualquiera d los muchos jóvenes calenturientos, señores hartos d sus esposas o simples aventureros, q acudían a aquella granja d las afueras del pueblo. A sus escasos 12 años, entrados a los 13, ya se había acostumbrado a deambular por el patio después d limpiar la porqueriza, regar el maizal y dar d comer a los patos, los puercos, los pavos y las gallinas.

Esa tarde en particular quiso descansar en su hamaca, pero su madre lo corrió a escobazos pues esperaba al mismísimo presidente municipal con todo y guaruras. Se lo dijo sin empacho.

El niño se fue a su piedra favorita del fondo del patio y se sentó a no hacer nada. Desde ahí escuchó un par d coches q llegaban y luego risas provenientes d varias bocas masculinas. Ni siquiera volteó; mejor se concentró en ver cómo una gallina muy negra, a la q llamaba “Pinche Clo”, sacaba d la tierra un enorme gusano.

Odiaba a esa gallina porque pensaba q se parecía mucho a su madre. Mientras todas las demás se acurrucaban en sus nidos para poner sus huevos, fecundados o no, ella siempre los dejaba caer al suelo sin siquiera detener lo q estuviera haciendo. Esa tarde era el caso. El niño vio cómo se abría lentamente la cloaca d “Pinche Clo”, mientras ella continuaba estirando al gusano q se negaba a abandonar su agujero.

No lo pensó demasiado y se apostó detrás d ella; en cuanto vio q el huevo salía lo empujó con un dedo y se lo volvió a meter. “Pinche Clo” cacaraqueó espantada y soltó al gusano, q aprovechó el relajo y se escabulló a la parte más profunda d su agujero.

El espanto d “Pinche Clo” pronto se pasó y volteó hacia el muchacho. Sus pequeños ojos dejaron escapar una mezcla d enojo con interrogación y después regresó a su labor; escarbó un poco más y volvió a dar con el gusano. Valerio no se había retirado y pudo ver cómo el huevo iniciaba d nuevo su trayectoria hacia el exterior. No lo logró. Con su dedo volvió a empujar el huevo y el escándalo d la posible próxima futura mala madre se dejó escuchar. El gusano volvió a escapar; “Pinche Clo” ahora sólo vio al niño d reojo; y Valerio… se levantó asustado. Estaba experimentando algo q nunca había sentido. Su pequeño pene estaba erecto y lo sentía muy caliente. “Pinche Clo” ya no escarbó; continuó mirando d reojo al muchacho y aún dándole la cola. Se tomó un poco d tiempo y después intentó sacar d nuevo el huevo. Con un rápido movimiento el niño volvió a metérselo y ya no pudo más… Sintió cómo su pene palpitaba agresivamente y expulsaba un interminable líquido q le dejó el short muy mojado. Se tiró al piso y rodó; juntó sus rodillas con su vientre porque la sensación q sentía le resultaba insoportable. “Pinche Clo” aprovechó y dejó salir el huevo. Mientras se retorcía, Valerio juraba q en los ojos del ave veía algo así como satisfacción.

Se convirtió en historia d todas las tardes, aunque Valerio ya no rodaba por el piso. Con el dedo d una d sus manos metía el huevo d “Pinche Clo” y con la otra se acariciaba, ansioso, el pene. “Pinche Clo” ahora sólo era “Clo” y ya no hacía escándalo ni se entretenía con ningún gusano; se dejaba, muy mansa, meter el huevo una y otra vez, y sólo lo expulsaba cuando notaba q Valerio se ponía muy rojo y mojaba la tierra con un líquido muy blanco. Después el muchacho caminaba por el patio y “Clo” hacía lo mismo, a su lado. A veces le platicaba sus sueños y aspiraciones, y juraba q no sólo lo escuchaba sino q hasta le daba consejos con su mirada y uno q otro cacaraqueo.

Cuando Valerio tenía 17 años, entrados a los 18, la gallina murió. Fue la mañana más triste d su vida. Nunca supo lo q pasó; simplemente llegó al gallinero a desearle buen día, como lo hacía a diario, y la encontró tendida en el piso con los ojos cerrados. La tomó entre sus manos, la abrazó… y lloró, lloró y lloró hasta muy entrada la tarde. Su amiga, su compañera d soledad… ¡su amante…! se había ido para siempre. La enterró ahí en el patio, muy cerca d su piedra favorita, justo en ese espacio terregoso q había sido, día con día, su lecho matrimonial.

La extrañó semanas enteras… meses enteros… y soñaba con ella casi cada 15 días. Esas mañanas siempre se levantaba con los shorts bien mojados.

Cuando cumplió 19 Valerio se percató q era virgen. No había pensado en ello porque “Clo” mantuvo ocupada su sexualidad desde el inicio hasta esa fecha. Entrados a los 20 el muchacho empezó a preocuparse porque ninguna mujer le despertaba pasión alguna y entonces decidió buscarse una prostituta en el pueblo vecino. En su pueblo no podía… ¡ni modo d cogerse a su mamá!

Solicitó la q consideró más bonita y se metió con ella al cuarto… pero por más q la mujer le tocaba, le relamía y le chupaba al q ya no era su pequeño pene, no consiguió una erección. Mejor se levantó d la hamaca y comenzó a vestirse, mientras se disculpaba infinidad d veces.

Sentado en su piedra favorita, después d limpiar la porqueriza, regar el maizal y dar d comer a los patos, los puercos, los pavos y las gallinas, Valerio le platicó a “Clo” d su problema. ¡Hasta le confesó q había intentado hacerlo con otras pero o lo picoteaban o simplemente nunca se levantaban d su nidal! Y lloró, lloró y lloró esa tarde… y algunas más… pensando q sería por siempre sólo el viudo d “Clo”.

* * * * * * * *

Mientras me lo contaba tristemente en el “Viena”, al calor d ya varias cervezas, y después d haberme abordado sin empacho sentándose en mi mesa, así seguía siendo. Su prostituta madre se murió cuando el tenía 22 años, entrados a los 23. Vendió patos, puercos, pavos, gallinas y la granja completa, para venir a vivir a la ciudad d México, porque había oído q aquí en la capital se hacía cualquier barbaridad.

D hecho lo había hecho… Primero con prostitutas y después con compañeras d la empresa en donde trabajaba como vigilante. Había logrado tener erecciones en sus relaciones y disfrutaba, pero nunca como con “Clo”. Con algunas había propuesto lo del huevo y unas habían accedido, pero no le resultó igual. Antes d ir a esa cantina se preguntó sin con un gay podría experimentar como con “Clo…” ¡y ahí estaba yo, oyendo horrorizado, semejante propuesta!

- ¡Anda! – decía - ¡Por favor! ¡Aquí traigo en la mochila un huevo ya hervido!

Me reí. Aunque fue por dentro para q no se ofendiera. La verdad es q sí me había conmovido… y lo valoré, para qué más q la verdad, porque tenía curiosidad y porque Valerio no era nada feo.

- ¿Pero qué es lo q tienes en mente? ¿Que vayamos a un hotel, “utilizar” el huevo, masturbarte y ya?

- ¡No, no, pos si no soy un salvaje! Lo he pensado muy bien y no creo q me desagrade agarrarte y q me agarres; acostarnos en la cama y abrazarnos… Q nos besemos en la boca tal vez no, pero si quiero q me la chu…

- ¡No lo digas! ¡No lo digas! Ya sé, ya sé.

Se río… Él sí por fuera.

- Tú sí eres medio persinao, ¿verda?

- La verdad sí. Pero también soy muy curioso. Las cosas raras me llaman la atención, pero muy pocas veces me atrevo a hacerlas porque me da miedo. La verdad es q me gustas y… ¡sí me aviento! Dices q va a ser tu primera vez con un gay y también será mi primera vez con un huevo. ¡No sabes qué gracias le doy a Dios d q “tu problema” no haya sido con un avestruz!

Ahora nos reímos los dos por fuera.

- ¡Eres payque! ¡D veras eres payque! Y yo no soy malo, de veras. Hasta compré un huevo d codorniz para no lastimar al vato buena onda q me dijera q sí. ¡Qué payque q fuiste tú!

Y fue muy payque, como decía él. Nos compramos un six d cervezas; nos fuimos a un hotel… y efectivamente se portó como todo un caballero. Platicamos un rato todavía, d sus sueños y aspiraciones… yo las escuché a su lado. Nos recostamos en la cama y él seguía platicando. Pasó su brazo por debajo d mi cabeza y yo me recosté en su pecho mientras me seguía platicando… y d pronto hizo lo q dijo q no iba a hacer: ¡me besó en la boca! Y fue un beso largo acompañado d unas caricias muy delicadas por todo mi cuerpo… Se separó suavemente y me aclaró:

- Se me salió, vato… y creo q porque eres payque.

Y ya no dijo nada más. El ser más cariñoso del mundo se puso frente a mí y yo le correspondí, sabiendo q era justo eso lo q le faltaba… Por eso cuando se levantó y fue por el huevo, me esforcé por parecerme a “Clo” y hacer justo lo q me había contado, hasta q lo vi ponerse muy rojo y mojar la cama con su líquido muy blanco.

Ahora somos muy amigos. Ya tiene 27 entrados a los 28. Nos hablamos todos los días y nos vemos d vez en cuando. Me gusta oírlo hablar d sus sueños y aspiraciones, pero más me gusta saber q muchos d ellos los está logrando. Aunque no pueda sentir el mismo placer q en su adolescencia y primera juventud, me he encargado d enseñarle q también es un placer recordar lo q se tuvo… y ahora porta con orgullo el ser el “viudo d Clo”.

26 d agosto d 2009

viernes, 18 de febrero de 2011

El amaranto


Estoy triste y pobre… Tal vez sea porque tiré d la bicicleta al señor q vende alegrías, a gritos, ¡los domingos a las siete d la mañana!






Era una d esas noches normales d viernes. Tráfico sobre la calzada d Tlalpan y un tranquilo caminar del metro q me llevaba d San Cosme a General Anaya. Eran como las 9 ó 9 y media. Para no variar, había salido tarde d trabajar y me dirigía cansado a casa. Me fui parado d San Cosme hasta Hidalgo y ahí ocupé el asiento q me gusta: el q mira hacia el frente y pegado a la ventanilla derecha, desde el cual veo el paso imaginario y veloz d las lámparas d halógeno q sirven para iluminar las vías, también transitadas por algún trabajador nocturno y por las inmensas ratas q viven entre ellas. Y al salir a la superficie, en la estación Pino Suárez, entonces me regodeo mirando la siempre atascada Calzada d Tlalpan y a sus ocupantes neuróticos.

Nada parecía ser diferente esa noche: la peste normal a sopa “Maruchan” y a sobacos sin desodorante; rostros cansados… uno q otro alegre por dirigirse, quizá, a alguna fiesta o reunión, y otros llenos d pasión debido a q acompañaban al amor a su casa, luego d una tarde d café, cine o paseo.

Empecé a desesperarme cuando sentí q el metro se tardaba más d lo normal. Sospeché q llovía más adelante; y es q esa línea en particular, siempre tiene problemas d tráfico cuando sus rieles son salpicados hasta por una leve llovizna.

Me gustaba llegar a mi casa y sentarme a escribir un cuento, una poesía… continuar una novela inconclusa, o mejor rasgar mi guitarra y robarle una nueva canción al viento. Pero, como ese encuentro se veía lejano, opté por poner atención a lo q ocurría a mi alrededor; después d todo, observar resulta ser el origen idóneo d una obra creativa.

Fijé mi vista en el muchacho q venía durmiendo enfrente d mí. ¡No sé cómo puedo llamarle dormir a aquel cabecear y cabecear d cada 5 segundos! Suelo ser exagerado; no creo q exista escritor q no lo sea; mas les juro por mi madre, ya difunta, q conté esos 5 segundos entre cabeceo y cabeceo. ¿Puede alguien dormir cuando hace trabajar tanto músculo, tejido y arteria? El cerebro está perdido, seguramente, pero con tanto zangoloteo dudo mucho q se pueda hablar del descanso q provoca una buena siesta.

Este muchacho, en específico, hacía trabajar su cuerpo d más porque después d cada cabeceo no dudaba en levantar su mano, también “dormida”, y acomodarse el mechón d cabello q sucumbía ante la gravedad y al impulso d cada bajar d cabeza. Su indumentaria completamente blanca y un libro muy grueso amenazando caer al piso en cualquier momento, me hizo imaginarlo como estudiante d medicina o, Dios no lo quisiera, como un joven ya ejerciendo. Y comento esto último porque me llena d pánico pensar q pudiera intervenirme quirúrgicamente algún día, ¡alguien con esa facilidad para perder la conciencia!

El joven q me acompañaba del lado izquierdo había dejado caer su cabeza una sola vez y su cabello escaso parecía no haber sido peinado desde hacía mucho tiempo.

Puedo hablar también d la plática acaramelada d unos novios q venían en los asientos justo detrás mío; del señor apuesto, con vestuario deportivo, q venía recargado justo en la puerta q lucía la leyenda: “Favor d no recargarse”; del adolescente q no dejaba d mirarlo desde su lugar paralelo al mío y q se relamía los labios cada q su mirada se encontraba con la d “el deportista”; d una venerable anciana q fruncía la vista para verificar los logotipos d cada estación a la q llegábamos, o d la joven q, por alguna razón, se cambiaba d lugar cada q alguien desocupaba un asiento… pero me limitaré a lo q, definitivamente, hizo especial la noche.

Es tan común q ya nos parece normal, pero viéndolo bien se trata d todo un fenómeno. En una estación se sube un vendedor d discos piratas, con un equipo portátil más sofisticado q el q tengo en mi casa. En la otra un cantante, q gorgorea falsetes lastimeros en los finales d cada estrofa, con una canción q empieza siendo “María bonita” y termina en “Paloma negra”, si bien nos va. En la siguiente nos ameniza el d las pilas q t duran una puesta en el “reproductor de Cd’s”, y en la otra el q ofrece el libro d recetas medicinales q sólo empeoran tu enfermedad, a menos q seas creyente y t sane justo el poder d tu fe.

Eso sí, son gente muy respetuosa: cuando coinciden 2 en un vagón suelen esperar a q el otro acabe ¡y hasta se extienden la mano ofreciéndose el primer lugar! Cuando el joven “sordomudo” acaba con el rito d ponerte una estampita en la pierna, en el brazo, en la petaca q llevas bien sujeta al pecho para q nadie t la robe… ya q casi t mata d un infarto cuando vienes distraído y sientes aquella mano posándose en alguna parte d tu cuerpo, entonces empieza el segundo con su oferta, mientras el primero t arrebata lo q t dejó encima sin tu consentimiento.

Esto hablando d los vendedores y ofrecedores d ofertas (la estampita d San Judas q t ofrece el “sordomudo”, definitivamente cuesta más cara en el templo d dicho Santo). Cuando hablo d los q piden “caridad” es cuando me aterro. En mi natal Yucatán mi abuelita tenía la costumbre d darle siempre una moneda a los q veía en necesidad. Lo hacía d buen corazón; pero si hubiera vivido en el DF nunca hubiera ganado lo suficiente para darle a la caravana d pedigüeños del metro.

Entre estos están los campesinos q piden apoyo para su causa; las inocentes víctimas d un accidente o d un defecto físico; los miembros d una tercera edad solitaria; los ex presidiarios q no encuentran trabajo; los deudos d un pariente cercano (después d 3 meses t los vuelves a encontrar con la misma cantaleta ¡y con el mismo muerto q, seguro, ya debe oler bastante feito!), y los jóvenes d la calle q, con sus vidrios limados, esperan venderte la idea d q prefieren lastimarse así mismos antes q utilizar sus dotes d asaltantes.

También está la mujer q lleva meses consiguiendo dinero para pagar su pasaje d regreso a un pueblo X; el niño q t ensucia el zapato más d lo q t lo limpia, y q después t mira con la carita propia d alguien q recibe un par d madrazos sino lleva el suficiente dinero a la casa para q se siga emborrachando su padre; el q no t pide dinero sino un boleto d metro “aunque sea”, para poder transportarse (y q días después t lo revende porque quiere un taco), y el grupo d hermanitos desnutridos q forman parte d toda una familia completa d ingenuos q vinieron a la gran ciudad en busca d oportunidades.

Me senté en la estación Hidalgo, dije hace un rato. Contemplé los halógenos d ahí a Bellas Artes. Me di cuenta d q llovía cuando llegamos a Allende. Y como d Allende a Zócalo el metro se detuvo “33 veces” (insisto en q ahora no estoy exagerando), tuve tiempo d contar los 5 segundos q se tardaba en cabecear el estudiante o licenciado en medicina; d ver al q sí descansaba y ahora babeaba con descaro, a mi lado izquierdo; d escuchar las palabras melosas d los q venían a mi espalda; d observar a la viejita frunciendo la vista comparando los símbolos d las estaciones, y del ligue sin bochorno q traían el deportista y el adolescente.

Pino Suárez, San Antonio Abad, Chabacano, Viaducto, Xola, Villa d Cortés… fueron las estaciones marco d tantos vendedores, músicos y limosneros q subieron y bajaron y q ya narré. Son más personajes q estaciones, ¡pero se tardó tanto el metro en cada estación q alcanzó y sobró…! Y es q fue en Nativitas donde subió el singular personaje q deambuló por el vagón infinidad d veces, casi mirándonos a los ojos a cada uno:

- ¡Señoras, señores; más jóvenes por lo visto! En primer lugar tendré q decirles q “no soy d aquí ni soy d allá”. ¡Espero risas!

Nadie rió. El muchacho d blanco se subió el mechón y cabeceó una vez más. La viejita se remontó al hombro el tirante d su bolso y expuso su dentadura postiza, q me hizo imaginar una posible sonrisa, cuando descubrió q la siguiente era la estación donde bajaba.

- ¡Bien! ¡Las risas vendrán después! Cuando sepan ¡y lo sabrán!, d qué se trata lo q esta noche vengo a ofrecerles.

Tenía en su hombro lo q en mi tierra se llama “sabucán”. Es una bolsa d mandado, hecha con hilo d nylon, d ese q se usa para las cañas d pescar. Extrajo d ahí lo q ofrecía: barras d “alegrías”; amaranto; esos deliciosos granos unidos con miel, gratinados con nueces, pasas… baratos y nutritivos.

- ¡Señoras! ¡Señores! ¡Más jóvenes por lo visto! ¡El amaranto, o “huatli”, como se le llamaba aquí en América, tiene más d 7 mil años! ¡No falta quien afirma q fueron los mayas los primeros en cultivarlo… después los Aztecas y los Incas!

Empezó a preocuparme el d mi lado izquierdo; las estaciones antes nombradas me habían creado una confianza q, d pronto, empecé a perder. No había cabeceo pero sí un vaivén q, seguro, a él le recordaba una cuna d niñez. Su cabeza la hubiera podido soportar sobre mi hombro sin problemas. Yo también he dormitado en el metro y hasta he dado 2 ó 3 vueltas d terminal a terminal. Era esa saliva bamboleante la q empezaba a preocuparme.

- ¡Esta semilla, el amaranto, preparado d la manera q ustedes conocen como alegría, tiene un alto contenido en proteínas, vitaminas y minerales, q nos ayudan a crecer sanos y fuertes! ¡Es ideal para la anemia y la desnutrición porque es un alimento rico en hierro! ¡Además, el plus: ayuda en la cura d la osteoporosis porque contiene calcio y magnesio!

Llegamos a Portales, la siguiente estación. El conductor tuvo a bien frenar intempestivamente. Cabe aquí preguntar cuál será la razón por la q los conductores d metro tienen esa maldita manía, cuando aún hay al menos 200 metros d distancia entre uno y otro. Llueva o no llueva, el frenón les resulta vital aún cuando tengan esas distancias. La viejita casi escupe sus dientes postizos pues ya estaba d pie y preparada para bajar; se acomodó d nuevo la bolsa en el hombro y esperó a q las puertas se abrieran. Los dientes acabó d ponérselos en su lugar con la lengua, mientras esperaba q el tren se acomodara los 10 centímetros q le faltaban para llegar al lugar en donde pudo abrir sus puertas sin necesidad d aquel brusco frenazo. El d la baba se despertó y se limpió justo antes d q me adornara con aquel “menjurje”; el vendedor retrocedió “45” pasos y estuvo a punto d caer; eso sí, sin abandonar su ensayada voz. El d blanco perdió su ritmo d 5 segundos y lo duplicó a 10 durante un escaso minuto.

- ¡Las hojas del amaranto tienen más hierro q las espinacas! ¡Contienen mucha fibra, vitamina A, C y magnesio! ¡Prácticamente suple a la leche porque contiene proteínas y calcio… y es mucho más barato!

Camino a Ermita la muchacha a mis espaldas empezó a llorar. Volteé con disimulo y me sorprendió q pudiera sollozar con todo y q la boca d quien supuse su novio, obstruyera la suya con un beso d lengua y garganta; ella inhalaba grotescamente sus mocos sin respeto al rostro d él, quien no se le separó en ningún momento. ¡Amantes sin duda! Me lo confirmó el anillo q ella llevaba en su anular y q pude ver cuando se levantó y se preparó para bajar. El deportista al fin se animó y se acercó al triunfante adolescente; d haber tenido la lengua d gato, el joven hubiera erosionado por completo sus labios después d tanto tiempo d estárselos relamiendo con lujuria.

- Lo más interesante es su buen equilibrio a nivel de aminoácidos y el hecho d q contenga lisina, un aminoácido esencial en la alimentación humana. Destaca la presencia del escualeno, un tipo d grasa saludable, q hasta ahora sólo se obtenía d tiburones y ballenas.

En Ermita se bajó la muchacha. Su amante, ahora yo ya no tenía dudas, bajó el rostro, como quien sufre en extremo, e ignoró su carrera rumbo a las escaleras. No bien hubo desaparecido cuando se enderezó y, coqueto, clavó su mirada en otra pasajera. El deportista inició un roce discreto d rodilla con el adolescente jarioso. Mi babeante compañero había vuelto a sumirse en un profundo sueño, y el “doc” había disminuido a 4 segundos su cabecear.

- El amaranto fue uno d los alimentos seleccionados por la NASA para alimentar a los astronautas, ya q ellos necesitan alimentos q nutran mucho, q pesen poco y q se digieran fácilmente.

Nadie le compró. El mercader lucía cansado. Los 4 “respetuosos” colegas q habían subido en las estaciones anteriores, esperaban turno para ofrecer sus productos.

Fue gracioso llegar a “General Anaya”, la penúltima estación, y coincidir en la puerta con el vendedor d Amaranto q gritó, ya sin su voz ensayada, a todos los q aún quedaban:

- ¡Ultimadamente, coman lo q les dé su rechingada gana!

sábado, 15 de enero de 2011

En la calle obscura


La noche que te fuiste fue noche de llanto;
no hubo ni consuelo, ni una mano amiga de la cual asirme.
Salí de mi casa… me fui caminando…
tan sólo quería encontrarme un… “algo”,
me sirviera de árbol de la noche triste.

Sólo hallé recuerdos mientras caminaba:
el parque... ¡y la banca en donde prometiste
ser mi amor por siempre!
El cine cerrado donde te besaba;
la esquina desde la que te veía cuando te marchabas…
y la calle obscura donde te perdiste.

¡Ya no pude más! Caí derrotado.
Esa calle obscura era tu presente.
Una de sus casas la puerta te abría,
las tardes o noches de todos los días,
mientras yo pedía, al cielo, poder verte.

Una de esas tardes cumplió mi deseo;
¡tus ojos brillaban como dos luceros!
No había en ellos huella de dolor ni llanto;
supe que ese amor que tanto había extrañado
no me conservaba ni como recuerdo.

Pedí al cielo entonces: ¡Olvida mi súplica!
¡Ya no quiero verla... quiero darte gracias!
Porque con mis lágrimas yo limpié las suyas,
al cortar mis venas borré sus recuerdos,
y la hice feliz… en la calle obscura.

8 de abril de 1996

jueves, 16 de diciembre de 2010

Tres posibles finales


Cuando t miré aquella tarde en la marcha, perdido entre tanta gente y del brazo d tu nuevo amor, t seguí. No t perdí d vista un solo segundo, a pesar d los contingentes q nos separaban, mientras bailaban al ritmo d la música estruendosa y alegre, y d q me empujara y t empujara la gente, tratando d abrirse paso. No t perdí d vista aunque me olvidara d los atuendos carnavalescos, las ocurrencias d tanto joto y del vestido d los carros alegóricos, con una infinidad d hombres fornidos y guapos. No t perdí d vista a pesar d q ibas d su mano; a pesar q d vez en cuando t regalaba o le regalabas un beso, y d q, por momentos, t le quedabas mirando con devoción.

Por eso cuando momentáneamente se separó d ti y t dejó parado en la esquina d Madero y Eje Central, me acerqué sin perder un segundo.

T miré ya cerca. Me miraste. No sé si vencía en tu gesto la sorpresa, el miedo, o el recuerdo d los días q vivimos juntos y felices, antes d q él llegara, t deslumbrara y t arrancara d mi lado.

No nos saludamos. No cruzamos palabra. Sólo dejamos q nuestros ojos compartieran la sorpresa, el temor y el recuerdo d los días q vivimos juntos y felices.

No sé cuánto tiempo pasó entre q nuestros rostros se congestionaron con cada sentimiento y el momento en q t lancé la pregunta:

- ¿Eres feliz?

Lo q recuerdo muy bien es q con tu “sí” me dejé empujar por la gente y me perdí por la calle d Madero hasta q mis ojos ya no pudieron verte. Con tu “sí” dejé q me empujara el tiempo y ahora mis manos arrugadas escriben sus últimas líneas dedicadas a ti. Mis ojos cansados apenas miran cada trazo, mientras evocan el recuerdo d tus ojos muy cerca d los míos.

Y entre el umbral d la vida y la muerte sé q t amé. Muero feliz; porque no hay mejor paliativo para un corazón enamorado q el saber q su amor fue real; q pudo conservar, en el baúl d cada día, la sonrisa d los recuerdos… y q supo hacer feliz, aún con su propia partida, a quien tanto amó.

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Cuando t miré aquella tarde en la marcha, perdido entre tanta gente y del brazo d tu nuevo amor, t seguí. Casi corrí con tal d alcanzarte, aunque me llevara cualquier cantidad d mentadas d madre con cada empujón q le propiné a cuanto joto se me interpuso. Trataba d no perderte d vista aunque no me divirtiera con las “garras” q se cuelgan cada año los q en la Alameda ya no aguantan los tacones, y aunque se me atravesaran los camiones promocionales d tanta discoteca, y los d partidos políticos q sólo van cuando se aproximan elecciones. Trataba d no perderte d vista porque en tu casa no sabían d ti; habías cambiado d celular y no sabía en dónde carajo encontrarte para tenerte enfrente y reprocharte q me abandonaras por ese pendejo q ahora tenías al lado y q no t soltaba la mano, aunque ambos estuvieran babeando cada q veían a algún cuero en patines.

No fue hasta Madero y Eje Central cuando pude alcanzarte. ¡Y hasta d suerte andaba porque tu “marido” seguro había ido en busca d un nuevo “madero” q le atravesara el “eje central”, supongo q antes d decirte q iría al baño!

T miré ya cerca. Me miraste. La sorpresa y el temor los pude leer claramente en tus ojos. Seguro recordaste, en sólo segundos, q t habías largado d la casa como sirvienta ratera mientras yo estaba en el trabajo. Seguro recordaste q t había idolatrado como pendejo, q t había hecho el rey d mi vida, el dueño d todo cuanto tenía, sólo para q t fueras con el primer estúpido q tuviera más lana, le midiera más d 20 centímetros y no t estuviera chingando con la promesa d un amor eterno.

No t dije nada; ni tú tampoco. Quisiste correr, pero no t dejó la gente. T agarré d los hombros y sólo me quedé mirándote, aún sin saber si tenía más ganas d romperte la madre o d morderte los labios con un beso salvaje.

No sé cuánto tiempo pasó entre q t agarraba con furia, mientras intentabas zafarte, y el momento en q t lancé la pregunta:

- ¿Eres feliz?

Lo q recuerdo muy bien es q con tu “sí”, inseguro, t solté. Con tu “sí” t dejé correr mientras me empujaba la pinche gente con dirección al Zócalo. Y así me empujó la pinche vida hasta ahora q ya estoy viejo y no me puedo quitar el coraje. Estoy sordo y ya casi no veo ¡pero no quise morirme sin antes recordar esa tarde en la q t vi por última vez y no fui capaz d darte un par d madrazos para desahogarme!

Y entre q me enfermo, parezco morirme y no me muero, me pregunto cómo puede ser posible q mi ideal haya sido siempre amar y ser amado, con toda la sinceridad y el amor necesario para ser y hacer feliz, y no haya podido encontrar a alguien q supiera valorarlo. ¡Carajo! ¡Todo mundo se queja d la soledad… y yo muriendo con tanto amor entre las manos!

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Cuando t miré aquella tarde en la marcha, perdido entre tanta gente y del brazo d tu nuevo amor, pensé en seguirte. No supe nunca si ese impulso me lo despertaba el coraje q sentía contra ti, el deseo d q hubiera una explicación lógica para q t hubieras ido, o las ganas d saber si eras feliz.

Ahí en Madero y Eje Central, mientras tu amante t dejaba solo para ir a ligar o al baño, no lo sé, fue cuando empecé a acercarme, aún indeciso. Y la gente empezó a empujarme. Cientos y cientos d gentes se apretujaban y m apretujaban, tratando d abrirse paso rumbo al Zócalo. La música estruendosa y alegre estaba en su apogeo; los atuendos carnavalescos danzaban a mi alrededor, vistiendo las ocurrencias d tanto joto; los carros alegóricos aminoraban su marcha para no atropellar a alguien, mientras un sinnúmero d hombres fornidos y guapos bailaba encima d ellos.

Fue entonces cuando decidí dejarte ir. ¿Para qué perder mi tiempo en acercarme y preguntarte si eras feliz? Si t habías marchado por tu voluntad debía entender q lo eras. Era más Importante ahora, encontrar la manera d ser feliz yo mismo.

Entonces me dejé arrastrar por la gente. Mucha d esa gente me miraba y se dejaba mirar. - ¡Al carajo! – pensé, manoteando - ¡Habiendo tanto pinche joto, qué carajo voy a hacer detrás d uno q no me supo valorar!

Ahora q estoy viejo, q ya no oigo y q casi no veo, no me arrepiento d mi decisión. En el umbral d mi vida escribo, con mis manos arrugadas, q si no fui feliz al menos me divertí mucho. ¡En muchas d mis noches encontré a un alguien con quién dormir y con quién platicar! Y es q también es delicioso compartir una cama y un amanecer con quien puedes hablar honestamente del sexo, sin complicarte con palabras q no sientes, promesas d nuevos amaneceres o con sueños d amor eterno. Disfruté d más amores q me llenaron e hicieron millonario con recuerdos valiosos. Y, lo más importante, descubrí q saber entregarte resulta más meritorio, satisfactorio y gratificante, q el estar esperando recibir.

martes, 23 de noviembre de 2010

No debiste venir


No debiste venir aquella noche...
¡Ya todo estaba tranquilo!
Si no te había olvidado,
al menos la costumbre
de no tenerte a mi lado
me servía como alivio.

Ya podía amanecer sin extrañarte;
ya lloraba sin que en cada lágrima
estuvieras tú presente.
Ya dormía sin deseos de reprocharte
tu marcharte sin razones aparentes,
del amor que mi alma te ofreciera,
del amor que guardaba para darte.

No debiste venir aquella noche;
ni esa noche ni ninguna de mi vida.
Si querías inquietarme… ¡Lo lograste!
La costumbre de soñarte sin dolerme
se ha trocado en un dolor que me es constante.

Amanece y te extraño en demasía.
¡Todo el día me lo gasto en recordarte!
Cada lágrima que brota de mis ojos,
va cargada del recuerdo de tu rostro,
acercándose hacia mí para besarme.

No debiste venir aquella noche;
mucho menos demostrar que equivocarte,
te ha costado el mismo precio que me diera
cada instante de dolor tu cruda ausencia,
cada súplica de amor por recobrarte.

Que lloraste tanto o más que yo he llorado;
que sufriste tanto o más que yo he sufrido;
que el amor que yo guardaba para darte,
lo has deseado como tanto yo he querido,
entregarlo a ese ser que he soñado
¡y que no supiste ser cuando eras mío!

No debiste venir aquella noche;
¡mucho menos suplicarme que volviera!
Cada lágrima la he tasado como perla
y no hay un precio que me pague lo sufrido.

Ni siquiera te mereces estas líneas.
No hay moneda que valúe mis reproches.
Pero quiero que te quede muy presente
que el amor que yo guardaba para darte,
ya se lo he dado a los recuerdos que dejaste,
cuando estabas a mi lado cada noche.

No debiste venir… aquella noche;
no debiste venir pues motivaste
que mi alma recitara este poema,
estos versos que no estoy dispuesto a darte.

Pues como nunca gustaste de mi palabra en poema
y llamaste cursi a aquello que de mi alma brotaba,
lo diré sencillamente, con unas cuantas palabras:
Yo no regreso contigo, ¡porque no se me da la gana!

Enero de 1998

viernes, 12 de noviembre de 2010

La amistad de un amor


La caricia es dura cuando es frío el cuerpo; mas todo lo suple el bello recuerdo de lo que fue nuestro amor.





El amor es dulce... tu amistad sincera...
sólo hablo de ello cuando estás aquí.
Cuando estás ausente nada de ello queda
porque tu amor dulce y tu amistad sincera,
se vuelven infierno cuando estoy sin ti.

Tus suaves palabras pobladas de vida,
tus labios rozando mi encendida piel,
se vuelven saetas que llenan de heridas
mi cuerpo, mi alma, mis ansias dormidas,
llenando de muerte mi volverte a ver.

No te vayas nunca, no importa que muera;
aún en mi sepulcro te recordaré.
¿Cómo olvidar a ese ser que pudiera,
con su amor tan dulce y su amistad sincera,
deshacer el rumbo de mi padecer?